Como ocurre en todas las sillerías corales antiguas, los asientos del coro de nuestra Catedral son abatibles por medio de bisagras.
Tal funcionalidad responde a que, cuando se cierran, una ménsula sirve de apoyo a quienes las utilizan de modo que, aunque estén sentados sobre ellas, simulan estar erguidos, efecto acentuado por el disimulo que proporcionan los capisayos del traje coral. De este modo, los canónigos mayores o achacosos podían tolerar la prolongada duración del oficio y, además, sin contravenir las normas del ceremonial que obligaba a permanecer la mayor parte del tiempo en pie.
Estas repisas son conocidas como misericordias, a causa de la labor que prestan y la costumbre inmemorial es de adornarlas con bajorrelieves profanos, dispares con la iconografía sacra presentes en el resto del conjunto del coro. En la Catedral de Málaga, casi todos ellos presentan mascarones a base de rostros disformes, con semblantes adustos, como si no pudieran disimular qué poco grato les resulta su tarea. Curiosamente una de ellas, en concreto la misericordia correspondiente al tablero de san Benito, aparece con la boca abierta en actitud de emitir un bostezo de aburrimiento, lo que demuestra la libertad creativa que se toleraba en estas obras. Bien puede decirse además que el anónimo oficial del taller de Pedro de Mena que talló esta carátula se anticipó modestamente a las creaciones del escultor alemán Franz Xaver Messerschmidt quien, un siglo después de la hechura de la sillería malagueña, plasmaría todas las muecas faciales del ser humano con un tratamiento casi vanguardista que le ha reportado la fama.
