Hay una chispa de Dios en el corazón del hombre que se engrandece con el ejercicio del bien.
No creo que exista un solo medio en todo el mundo que haya soslayado el terrible drama de los niños Ruth y José. Nuestro entorno universal está tan abarrotado de inquietudes, que pocas cosas logran mantener la atención de la gente más allá de “dos telediarios”. Sin embargo, esta vez, el espejo social nos ha mostrado con tal brillantez una imagen capaz de retener el horror mucho más allá de lo que da de sí la realidad mediática. Nos ha puesto delante de los ojos un croquis del odio sin aditamentos. El odio puro. Tal cual. La inmensidad del odio que no admite definiciones.
Me han llamado mucho la atención las palabras de uno de los psiquiatras que han analizado al parricida. Ha dicho que a Bretón le ardía ese sentimiento que, como todos, puede alcanzar diversos grados de intensidad hasta el punto de convertirse en una auténtica obsesión. Se refiere al odio, claro. Agrega que Bretón es un hombre que debió haber nacido en Atapuerca (cito textualmente) O sea, es un hombre primitivo. ¿Qué quiere decir? ¿Se sobreentiende que se trata de una persona anacrónica? Si es así, cabe deducir que, a través de los milenios, la especie humana ha mejorado, ha adquirido bondad de manera natural.
No deja de ser un espejismo, el hombre cambia cuando se transforma su corazón en el contacto con Jesucristo, en el encuentro personal con Él; cuando descubre su “yo” y siente el del Señor. Hay una chispa de Dios en el corazón del hombre que se engrandece con el ejercicio del bien. Y una perversidad que camina en sentido contrario. No hace aún cincuenta años cuando nuestros padres vivieron la segunda guerra mundial, cuya pormenorización arroja tal cúmulo de crueldades que hace palidecer cualquier optimismo antropológico imaginable.
