Esta sociedad de locos nos lleva como cabestros a la plaza pública del consumo, y sólo queda agachar la cabeza y, como mucho, mugir bajito.
Me horroriza que la nuestra pueda ser definida como la “sociedad de consumo”. ¿Para eso tantos siglos de progreso? ¿Para eso tanta profundización en la psicología humana, en la ciencia, en la técnica? ¿Para eso San Juan de la Cruz, Picasso, Dickens…? Seres comprantes, eso es lo que somos. Y me horroriza, no puedo negarlo.
Una consecuencia más es el contagio de nuestros hijos. Los niños de hoy, desde antes de nacer o incluso de adquirir para algunos la categoría de lo “humano”, ya son target de las grandes empresas. Éstas se las ingenian para vendernos de todo por el bien del nasciturus. El niño, que parece un bien de consumo en sí mismo, se vuelve con el tiempo en el principal sujeto consumidor de la casa, y quiere juguetes, teléfono, tablet, viajes…
“Los padres tienen que trabajar para luego llevarnos a los parques de bolas” le escuché hace unos días a una niña. Y así es. Esta sociedad de locos nos lleva como cabestros a la plaza pública del consumo, y sólo queda agachar la cabeza y, como mucho, mugir bajito.
Seguro que muchos experimentan en vacaciones el infatigable duelo diario de la agenda. “¿Dónde vamos a ir hoy?” “¿Qué vamos a hacer?” “¡Me estoy aburriendo!” Y escudados bajo el pretexto de que la poca cantidad de tiempo que pasamos con ellos debe ser compensada por una mayor “calidad” de nuestro tiempo (otra idea que me comienza también a dar miedo) caemos en el circo constante, la diversión sin límites y el ocio más agotador.
Es bueno pasarlo bien con los hijos, que puedan disfrutar de actividades lúdicas, pero corremos el riesgo de hacerles creer que la vida es una tiovivo que no para de dar vueltas. El silencio, un buen libro, un partida de parchís, la visita a un familiar… son regalos que podemos y debemos hacer a nuestros hijos. No cuestan dinero y, en mi opinión, engrandecen más el alma que pasar una tarde junto a Bob Esponja.
