Mientras sonaban los himnos solmenes, majestuosos, allá, a lo lejos, una nueva oleada de muertos aparecían flotando, como dormidos, en las playas de Lampedusa.

La patria

España vivió el pasado sábado un día semiespañol. En Cataluña sonó el himno nacional y ondeó la bandera rojigualda. En consecuencia, no sé si Cataluña es catalano-española, española-catalana o catalana a secas, como se proclamó hace poco tiempo cuando la “Diada”.

En fin, el sábado se regocijaron unos como hace poco más de un mes lo habían hecho los otros.

Pero -hay que ver- la vida tiene esa coincidencias; mientras sonaban los himnos solmenes, majestuosos, allá, a lo lejos, una nueva oleada de muertos aparecían flotando, como dormidos, en las playas de Lampedusa.

En un noticiario radiofónico decían que los buzos bajaban una y otra vez hasta los fondos marinos para traer muertos a la superficie. Una tontería, quizá, pero me hubiera gustado que se me saltaran las lágrimas de emoción a los acordes de algún “tachan, tachan” mientras ondulaba alguna que otra bandera.

Nadie sabía clasificar a los muertos por colores ni ponerles fronteras a las cajas. Los muertos procedentes del hambre no tienen patrias ni músicas. Sus niños -había unos cuantos niños- embarcaron en algún lugar, no sé donde, para que un día ingresaran en alguna patria adoptiva.

Es curioso, todos los patriotas tienen el estómago lleno y el corazón lagrimeante por mor de los himnos reivindicativos que son muy emocionantes y belicosos.

Me pierdo; los calanes reclaman su radical catalanidad, que es una emoción indescriptible como todas emociones. Los españoles cuyas emociones no han llegado aún a englobar sus formas catalanistas andan buscando un himno que complazca las emociones de todos. Allá a los lejos los buzos siguen engarzando cadáveres por el cuello. El Señor Jesús dijo que nos amaramos los unos a los otros como Él nos había amado. Y ya no habló de colores o banderas.