María Villota sufrió un accidente en Inglaterra, que provocó el montón de fracturas y traumatismos que finalmente le han costado la vida. En ese momento, se inició la segunda y mejor parte de su existencia

La vida es un regalo

El libro recientemente publicado bajo el título que encabeza este escrito, iba a ser presentado hace unos días en Sevilla por su autora María de Villota. Este evento no fue posible. La maltrecha anatomía de la creadora de este libro-reflexión dijo “hasta aquí hemos llegado”; y la bellísima piloto pasó a correr junto al Padre.

La vida de esta mujer, especialmente los últimos catorce o quince meses, es digna de estudio y de admiración. Aquella tarde, hace poco más de un año, María Villota sufrió un accidente en Inglaterra, que provocó el montón de fracturas y traumatismos que finalmente le han costado la vida. En ese momento, se inició la segunda y mejor parte de su existencia. En estos meses le ha dado tiempo a casarse, valorar la vida, ponerse en paz con el mundo y ponerse mucho, pero mucho más guapa. No se puede llevar un parche con más gracia, ni sonreír con más dulzura.

Su fallecimiento repentino, aunque no inesperado, lo han entendido y aceptado con resignación sus familiares y su círculo más cercano. Ellos la han definido como “un ángel”. En el comunicado emitido por la familia se decía que «María tenía que ir al cielo como todos los ángeles» y «damos gracias a Dios por el año y medio de más que la dejó entre nosotros».

Los tiempos de Dios son distintos a los nuestros. La tuvo entre nosotros el espacio justo para que dijera lo que tenía que decir; para dar el amor que se desbordaba de su corazón; para escribir unas bellas páginas para la posteridad y para poner de moda, primero en la tierra y después en el cielo, los parches en el ojo derecho que ahora adornan la anatomía de algunos seres celestiales.

Tan solo una pega. Me sigue molestando mucho la expresión “allá donde esté” que han aplicado la mayor parte de los que han tenido un recuerdo para ella. Está junto al Padre. Para llegar junto a Él tan solo le hacía falta soltar lastre. Lo decía en sus declaraciones: «Me he agitado. Me he quitado todos los complejos y armaduras. Ahora que tengo solo un ojo, quizás percibo más cosas que antes… Ahora sí tengo un mensaje que transmitir. No tengo ni que explicarlo: las secuelas van conmigo”… Vamos a llamar las cosas por su nombre. Incluso los creyentes, todos tenemos un pudor especial para nombrar la vida eterna.

María de Villota que estás en los cielos...