Cuentan de la Madre Teresa de Calcuta que enviaba a las madres de familia que pretendían ayudarla en su trabajo de vuelta a sus casas. “Arreglad primero a los vuestros y cuando terminéis volvéis aquí”.
En enero de 1899, el Papa León XIII escribió una carta al pueblo norteamericano en la que denunciaba la desviación en el cristianismo llamada Herejía de la acción, consistente en un activismo excesivo sin una adecuada formación y, sobre todo, vida de oración. Uno que, en su modestia, ha hablado mucho de esto públicamente, se considera pecador en este sentido, a lo largo de gran parte de su vida. Ítem más. Le añadiría como agravante he sido lo que mi abuela llamaría: candil de puerta ajena.
A veces, casi siempre, es mucho más fácil actuar o aconsejar a los ajenos que a los propios. Podemos caer en el error de ser ejemplo positivo en la calle y negativo en casa. Al final se nos ve el plumero. La gente que nos conoce nos dice: “menos golpes de pecho y más comprensión con los demás”. Casi siempre llevan razón. Cuantas veces esgrimimos el “pobre ajeno” para no acompañar “al propio”.
Me ha costado decenas de años aceptar esta tendencia en mi vida a “actuar a tontas y a locas”, sin meditar lo que debo a hacer y, a veces, abandonando las obligaciones propias. A la vejez, he “contraído las viruelas”, pero “más vale tarde que nunca” y les ruego acepten “del viejo el consejo”.
No sé si me dará tiempo a corregir el error, pero lo voy a intentar. Tengo que seguir la recomendación que tantas veces he hecho a los demás: arréglate tú, arregla tu familia y después vete a arreglar el mundo. O todo a la vez. ¡Yo que sé! El caso es dejar de ser candil de puerta ajena.
