En la primera Navidad se le fundieron los cables a los lógicos, físicos y metafísicos. Es que ocurrió algo que no cabe en cabeza humana: Dios se hizo hombre. Dios, al que obedecen las miríadas de los astros y la levedad de los protones, asomó al mundo desde el vientre de una doncellita de Palestina.

Así, con la simplicidad de quien descorre una cortina. Es increíble y, sin embargo, millones de personas a lo largo de la historia se han entregado al recién llegado con los ojos cerrados y el corazón abierto de par en par. ¿Y cómo se sabe?

Iban dos hombres de camino. Charlaban sobre las noticias de los últimos días. De pronto, en un cruce de calles, apareció alguien que se interesó en el diálogo. Animadamente llegaron al final del trayecto y el advenedizo desapareció pese a que los dos caminantes le instaban a pasar la noche con ellos. Les dejó una huella. Uno preguntó al otro ¿No te acuerdas que ardía nuestro corazón ante su presencia?

Lo cuenta la Biblia en el Nuevo Testamento. El forastero era Jesucristo, lo conocieron por la respuesta del corazón. Los físicos y metafísicos piensan mediante el soporte de la lógica. Siempre se empeñan en meter la grandeza inconmensurable del Amor entre los pliegues de un razonamiento. Nunca dieron con la etiología del amor. El corazón tiene más capacidad comprensiva que las neuronas. Es así.

Han pasado siglos sobre el niñito de Belén. Llegó el tiempo de las luces y el brillo del conocimiento alcanzó los arrabales de la Luna… Y los hombres tuvieron un teléfono móvil cada uno. Se han hundido los grandes símbolos redentores: el marxismo y el liberalismo están sucios de tanto rodar por el barro. El ser humano discute sobre si es lícito matar a los niños no nacidos. Es decir, cual es el límite activo y legal de las madres. Lo discuten las de derechas… y viceversa.

Los ángeles cantan, las nubes se levantan. ¡Qué barbaridad!