¡Viva la familia aunque muera! No sé si llamarle grito o exclamación. En cualquier caso, creo que tiene fuerza expresiva. La pronunció un popular periodista en una de esas tertulias que habitualmente desarrolla la televisión

Parece un contrasentido y, sin embargo, resume en cuatro palabras el drama de la sociedad occidental y aquella otra que poco a poco, tiende a occidentalizarse. La familia monógama entrelazada por el amor, núcleo y soporte de la sociedad más recia en valores que jamás ha existido, amarillea en fase de descomposición minada por la acción conjunta de la soberbia, el egoísmo y unas gotas de estupidez junto a prepotencia. Sin embargo, hasta los más tozudos, saben, “sienten”, que sin la familia como eje del mundo, la sociedad termina convertida en un sinsentido inhumano.

La Iglesia pugna por sostener aquellos viejos, entrañables, trabazones donde la familia nació cohesionada por el amor. Viejos no equivale a obsoletos. Ocurre que el brutal individualismo de la época hiela el hogar y lo convierte en madriguera. En ellas –en las madrigueras– no se vive, simplemente se transita.

Bajo la cubierta de ese concepto-talismán llamado “progresismo”, una generación de semidioses patéticos, indiferentes a todo lo que no sea su propio ombligo nos  vacía el presente y desertiza el  futuro. ¡El futuro!. ¿Qué es el futuro sino un icono nuboso, sobredimensionado, que nunca acaba de construirse? Ya lo advirtió la gran pensadora María Zambrano cuando habla de esa sombra escurridiza que cada generación acaricia como la perfección del mañana. “La divinización del futuro” dice la filosofa; aquella meta que nunca acaba de llegar.

La familia no ha muerto pero languidece mortecina bajo los alientos de la pedantería  y desamor. Sin embargo, ¡Viva la familia!