La lucha de los catalanes, o determinados catalanes, por una patria diferenciada, es muy preocupante. La ETA y sus vestigios lo demuestran.
A medida que avanza el siglo XXI es más ostensible la brecha que nos separa de la historia reciente. Quiero decir que se agranda desmesuradamente el vacío entre la actualidad y el pensamiento inmediatamente anterior. El siglo XX y sus valores parecen remotísimos. Uno de ellos fue el concepto de patria como hogar concreto de una determinada sociedad, cultura, formas de vida o raza. Ahí está, lejos, cada vez más lejos de las propuestas culturales actuales. Porque la patria tuvo su sentido en el ámbito occidental del mundo que, bajo la influencia del cristianismo, enseñó que nada ha hay más importante que el ser humano y que todos somos iguales delante de Dios y que, si es así, si para Dios todos somos iguales, es que real y verdaderamente somos iguales. Ese pensamiento, dio lugar a la Revolución Francesa y a la desaparición de la nobleza avasallante aunque muchos se empeñen en negarlo. Prueba de ello es que en ninguna otra parte del mundo ha ocurrido algo parecido.
Allí, en la gran Revolución, nacieron las patrias como símbolo y señal de rebelión ante una casta que se reclamaba dueña de todo y de todos por simple hecho de su nacimiento. La Patria era signo de unidad, igualdad y estirpe para unos ciudadanos que nacían y morían dentro de sus fronteras.
Han pasado los años a toda velocidad. Dos siglos más o menos, y la patria, como tal, ha desaparecido, carece de sentido en un mundo globalizado. Los ciudadanos hoy, lo son del mundo. La patria no es más que un recuerdo, entrañable sin duda alguna, pero solo un sentimiento que se desvanece a toda velocidad, a la velocidad que marcan los tiempos. Considerar hoy a los catalanes, por ejemplo, o cualquier otro pueblo, distinto a otros por el hecho de sus apellidos diferentes a la ocupación ancestral de un territorio, no deja de ser más que un anacronismo. Y, lo que es más importante, un anacronismo peligroso como quedó claro en el sangriento siglo XX. Es malo, muy malo, dividirnos en compartimentos antagónicos. Tenemos un Dios creador, Padre de los seres humanos, que, mediante su Hijo Jesús, propone el amor como única patria común.
