Muchos, allá en las penumbras optimistas del siglo XIX, aseguraron que en el futuro- en el futuro de entonces, claro- no habría más guerras. Eran los nuevos ilustrados, los entusiastas de la ciencia a la que consideraban capaz de transformar al hombre en un “animal solidario y benéfico”.

Muchos, allá en las penumbras optimistas del siglo XIX, aseguraron que en el futuro- en el futuro de entonces, claro- no habría más guerras. Eran los nuevos ilustrados, los entusiastas de la ciencia a la que consideraban capaz de transformar al hombre en un “animal solidario y benéfico”. La verdad es que desembocaron en el siglo XX, el más convulso y sangriento de la Historia humana. La inmensa mayoría de los adelantos técnicos que hoy disfrutamos no se consiguieron gracias al esfuerzo de los científicos para mejorar las condiciones de vida sino para dotar a los ejércitos de mejores instrumentos de matanza. Después, cuando acabó la segunda guerra mundial, aquellos descubrimientos se aplicaron a la paz. Por poner un ejemplo sencillo pero expresivo, digamos que los estudios del célebre doctor Mengele sobre el sistema nervioso durante las torturas a mujeres judías embarazadas, sirvieron como base técnica en la creación de las actuales “clínicas del dolor”.

Pienso en todo ésto cuando los Medios de Comunicación bombardean una y otra vez con la situación extremadamente conflictiva, prebélica, que viven los ucranianos por estos días, por estas horas… Comentaristas de todo signo están de acuerdo en que cualquier error puede encender la chispa entre las dos grandes potencias, Rusia y EE.UU; el encuentro entre el Este del y el Oeste del mundo; También coinciden los entendidos en que si esta monstruosidad no ocurre es porque ambas potencias son mutua y económicamente dependientes. Solo por eso. Hay otro detalle; Rusia no puede perder Crimea porque allí radica una de sus más importantes bases militares con cuyo mantenimiento –hay que ver - habría para alimentar – o sea, sacar de la miseria- a más de medio continente africano. En resumen, poco hemos adelantado en intenciones solidarias y benéficas.  

El Antiguo Testamento, en su lenguaje tantas veces simbólico pero tremendamente expresivo, relata aquella reacción insolidaria de Adán ante la mirada divina: “la mujer que me diste me indujo a desobedecer tus órdenes”.

Desde entonces todo sigue igual. La puerta del Paraíso está cerrada y el hombre, consciente o inconscientemente, la busca en cada recodo de la vida. Solo el Señor Jesús es Camino de Regreso. Sin Él nada podemos hacer.