Lo de menos sea el cariz autonómico de los acontecimientos sino la progresiva desaparición de lo humano; del hombre y la mujer como medida de todas las cosas.

Si no sonara a sarcasmo diría que Ana, la niña del Condado de Treviño que murió en Vitoria, fue víctima de una sangrienta tontería geopolítica. No le mandaron una ambulancia porque pertenecía a otra demarcación administrativa. La geopolítica virulenta es un síndrome creciente en el marco de esta España tan plural que se desvanece a trozos. Nuestro país, siempre por reconstruir, hiela la sangre en las venas de sus gentes. Personalmente, me naufragan los calificativos en medio de la indignación. Una formalidad administrativa o una raya en el mapa vale más que la vida. Su alternativa, la muerte, ha puesto en evidencia el trapicheo administrativo que llevan a cabo los diferentes centros de salud. Es que la muerte y el misterio de su trascendencia conmueven siempre. La España de Taifas se ha convertido en una carrera de obstáculos que antepone dos sellos y tres pólizas a la inmensidad de la persona. La niña Ana ha muerto por no vivir donde exigía su adscripción ciudadana. Se la ha llevado una enfermedad irrelevante que antes curaban nuestras abuelas con elementales remedios caseros. Claro, nuestras abuelas no llegaron a conocer el Estado de las autonomías.

Quizá -¡vaya usted a saber!- lo de menos sea el cariz autonómico de los acontecimientos sino la progresiva desaparición de lo humano; del hombre y la mujer como medida de todas las cosas. Es posible que, como quieren las imaginativas gentes de la ciencia-ficción, en el futuro, el hombre sea poco más que la prolongación de la máquina.

Dios Padre concedió a su criatura preferida la prioridad en la naturaleza. Los hizo pensantes y capaces de amar. Son esas dos cualidades las que nos distinguen de todos los demás seres que viven. Parece como si, poco a poco, estuvieran desapareciendo del horizonte el número infinito de los “porqués” . Nadie araña en su corazón para identificarse. ¿Quién soy en realidad? ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué…? Solo Jesucristo, Dios mismo que ha tomado dimensiones de hombre, tiene la respuesta. No está nuestro Dios en un paraíso remoto e inasequible sino aquí, al lado, dándole sentido a todas y a cada una de las preguntas humanas exclusivamente humanas. Lo demás es una forma de sobrevivir.