Cuando evocamos ese término –Amor- parece que todos sabemos de qué cosa estamos hablando. En realidad, no es así. Detrás del Amor no hay más que puntos suspensivos. El amor no encaja, no se ajusta. Sobrepasa los límites de cualquier definición
Se cumple el primer aniversario del Papa argentino que se autodenominó con el insólito y significativo nombre de Francisco; una referencia, sin duda, al santo de Así, cuya vida fue síntesis y paradigma del mensaje cristiano. Y, efectivamente, Francisco no ha perdido el tiempo ni la brújula espiritual que demandaba su sobrenombre. Durante este año ha procurado horadar en contra de lo habitual para llegar al manantial original del cristianismo: el amor. Amar sin distingos, etnias o circunstancias. El Amor es Jesucristo. El Apóstol San Juan dice que Dios es Amor. Cuando evocamos ese término – Amor- parece que todos sabemos de qué cosa estamos hablando. En realidad, no es así. Detrás del Amor no hay más que puntos suspensivos. El amor no encaja, no se ajusta. Sobrepasa los límites de cualquier definición. Amor es más grande que lo que entendemos por amor.
El papa Francisco ha sentido en sus carnes los latigazos del hambre subsahariana, la explotación de los esclavos contemporáneos, la codicia de los poderosos, el grito de los que padecen la injusticia… Injusticia, esa plaga universal que los optimistas antropológicos se consideraron capaces de erradicar mediante la revolución. Desde aquel tiempo seguimos a la espera del hombre benéfico. Una espera cansina, angustiosa, como la que presenta Samuel Beket en su obra “Esperando a Godot” que, por cierto, ha vuelto a representarse en Málaga estos días.
Nada representa tanto el pensamiento del Papa como su escrito profético “La globalización de la indiferencia”. Se trata de una fotografía de la época. La indiferencia. El ser humano contemporáneo está cansado. Ha ensayado todas las propuestas supuestamente mesiánicas que le llegaban, ha sentido todas las angustias de aquel advenimiento que le aseguraban sociólogos y filósofos. Hoy se recluye en la miniatura de sí mismo y vive a la espera de ese “Godot” que no llega jamás. Solo existe el absurdo, el hastío, la cocaína y el alcohol del sábado noche que cualquiera de los participantes desearía inacabable…. Nunca llegará Godot. Jesucristo sí ha llegado. Está ahí. Él, que es el dueño de la Vida, viene a dar sentido a la vida. No hay más. Todo lo demás es el absurdo de Godot.
