De nuevo la religión o, mejor dicho, la práctica religiosa, vuelve a ser noticia en esta España inquieta que no utiliza la política no como instrumento de gobierno o consolidación de ideales sino como arma arrojadiza. En esta ocasión, la polémica gira en torno a la oportunidad de celebrar un funeral de Estado por el alma de Adolfo Suarez.
La mayoría del llamado mundo progresista coincide en que el Estado como ente globalizador y representativo, debe ser absolutamente neutro; por lo tanto, debió llevarse a cabo un “acto cívico” sin ningún tipo de matización religiosa.
Estoy seguro de que, una vez más, si se llevara a cabo una encuesta, la ciudadanía aparecerá dividida en dos. Es la eterna fotografía social de nuestro país. Las dos Españas en guerra secular; aquellas que, según Machado, hielan el corazón del españolito que llegue al mundo
En fin, no trato de ir más allá del somero análisis del fenómeno. Hay algo que me interesa mucho más; la moderna línea de pensamiento - no sé si creciente- que trata de imponernos a Dios como un asunto personal y, por lo tanto, estrictamente privado que debemos esconder en las sacristías, en nuestras conciencias y quizá, todo lo más, en el ámbito familiar. Es decir, eliminar lo que pudiéramos llamar el “Dios visible” aquel que pregonamos con nuestra palabra, actitud y, sobre todo, Fe. Algunos entienden que la exteriorización de esa Fe molesta a los que han llegado a la increencia mediante el ejercicio de la lógica, la razón y, por lo tanto, rechazan instintivamente una antigualla que se aviene mal con la realidad de cada día y el avance de la ciencia contemporánea.
Bien, no cabe decir más que “de la abundancia del corazón habla la lengua” El ardor de la Fe viva no puede ocultarse. Amar a Dios es comunicarle en todo momento, a tiempo y a destiempo, dice San Pablo. “Si estos callaran, contesta Jesús a los que reclaman silencio, “hablarían las piedras”.
