Varios ayuntamientos –el de Málaga entre ellos– procuran por estos días evitar esa fiesta a la que se conoce con sobrenombre de “el botellón de primavera o macrobotellón”. En realidad, más que una fiesta, el botellón no es más que una manera de establecer vínculos identificativos y, por lo tanto, autoprotectores que, de manera más o menos consciente, necesita la juventud contemporánea.
Los jóvenes ya no son una capa social en el ámbito concreto de la familia sino un grupo social autónomo, erradicado por el egocentrismo de la nueva sociedad, que a duras penas, trata de darle sentido a su desconcierto.
Hay una soledad angustiosa y pegadiza en nuestro mundo consumista que, a fuerza de mensajes motivadores, nos reconvierte a todos de personas en sujetos de consumo. Los más afectados son los jóvenes porque necesitan creer en algo que trascienda lo material, soñar antes de caer en la materialización y el desencanto de la “indiferencia”, que denunciaba el Papa. Los lazos que genera el contacto personal y el embrutecimiento del alcohol y el sexo, son el último calor que les ha dejado el hielo de la época.
El Botellón es un descenso a tiempos paganos. Todas las viejas culturas precristianas practicaron el botellón de una u otra manera. Una forma de botellón fueron las fiestas dionisiacas o las lupercales. Nada hay nuevo. El vacío es tan viejo como el mismo ser humano. Nuestros jóvenes, a los que se les ha materializado la vida, tratan de rasgar el horizonte a ver si encuentran cosas como amigos de viaje, afecto, solidaridad, amos.
Nos hemos equivocado y son los jóvenes, el sector más débil de la sociedad, quienes más lo sufren. Volvemos a la barbarie; el botellón lo denuncia sin lugar a dudas.
El Señor Jesús da sentido a la vida. Fuera de Él no hay más que búsqueda ciega en medio de la oscuridad.
