La Semana Santa en Málaga ha sido todo un éxito. Hay quien afirma que la mejor Semana Santa de la historia. ¿Las razones? Una ocupación hotelera media durante los 10 días del 90%. Y los cofrades muy contentos porque ha lucido el sol y con él sus sagrados titulares en la calle.
Bueno, una excepción: la procesión pasada por agua del Resucitado. Aunque a juzgar por la devoción popular y cobertura mediática que genera tampoco habría que preocuparse en exceso. La Semana Santa termina en Málaga demasiado pronto para algunos: el viernes. Cortan el Domingo de Resurrección como si partiésemos la puntita de un grissini. Lo abandonan en la mesa. Olvidado.
Ocurrió también hace años. Para muchos contemporáneos del Nazareno la vida de Jesús terminó un viernes al mediodía. A eso de las tres. Pasó desapercibida su resurrección hasta que poco a poco fue contándose. Dándose a conocer. Una verdad de fe que tuvo su origen en una mañana cuando con las claras del día un puñado de mujeres fue al sepulcro donde se había depositado el cadáver del Nazareno. Y lo encontraron vacío. Jesús había resucitado.
Cristo resucitado se halla por encima de lo que se puede medir física o químicamente. Resucitado en cuerpo glorioso, es el Señor de la nueva vida. La muerte, superada por la potencia creadora del amor, modifica la estructura de la materia. Eso lo han experimentado los seguidores del Resucitado. De este anticipo de nuestra propia resurrección son testigos los cristianos.
Quizá por eso el cardenal nicaragüense Leopoldo Brenes pidió a los fieles encender los móviles en la misa del domingo de resurrección para que comunicasen a sus contactos y amigos que Cristo había resucitado. Hubo así llamadas, whatsapp y hasta algún selfie.
Es buena idea eso de comunicar con la ayuda de las nuevas tecnologías la noticia siempre nueva de la resurrección de Cristo. Tiempo tenemos. Cincuenta días. Es lo que dura la fiesta de Pascua de Resurrección hasta que llega Pentecostés. Mientras tanto los cristianos tienen tiempo para anunciar libremente, sin pudor y con arrojo que Cristo vive.
