Algunos periódicos europeos publican una imagen angustiosa, insólita; un hombre crucificado sangrando por los pies y las manos. Obra de Al-qaeda concretamente.
El hecho es difícilmente explicable. Cualquier lenguaje moderno, producto al fin y al cabo de la evolución cultural, se resiste a poner los términos necesarios para explicar lo inaudito, a-histórico.
¡Una crucifixión en el siglo XXI! No se trata del regreso a la barbarie sino de la palpable demostración de que quien lo ha perpetrado jamás ha salido de ella; de la misma barbarie quiero decir. Hace pocos días, uno de estos grupos radicales secuestró un grupo de niñas, un hecho que, como se sabe, ha conmovido al mundo. Las chicas, adolescentes, habían cometido el tremendo delito de aprender a leer. Las venden como esclavas. Baratas, además...
Uno fija su atención en nuestro occidente, hastiado de ideas nuevas, incapaz de salir de su letargo. Esta sociedad culturalmente avanzada, Inmersa en la indiferencia, es incapaz de sentir preocupación alguna, más allá del peligroso aumento del colesterol.
¿Por qué? ¿Gracias a qué somos nosotros "menos salvajes" que aquellos? Muchos lo achacan al color nacarado de nuestra piel; a la redondez o, indistintamente, al apepinamiento dolicocéfalo de nuestra prodigiosa estructura craneal. Sobre nosotros, al parecer, actuó, no se sabe cuándo, el prodigio de la evolución. Ocurre - hay que ver- que los radicales religiosos crucificadores tienen el mismo formato encima de los hombros.
No queda más que una explicación: el influjo diferenciador del Evangelio. Nuestros países tuvieron el soplo humanístico del cristianismo. Nuestros códigos de justicia se alimentaron del basamento cultural del Evangelio. Sobre todo del concepto “persona” . Y del Amor como sustancial motivación divina y humana, porque “tanto amó Dios al amado que ha dado a su Hijo Jesucristo para que todo en el que crea en Él no se pierda sino que tenga vida eterna” (Juan 3,16). O sea, el Hijo de Dios se hizo persona
Ha pasado mucho tiempo y nos hemos vuelto a los viejos dioses inventados por el miedo y el egoísmo. El miedo prefiere adormecerse y no profundizar demasiado, ya que hay algo de nosotros que, si despierta, se vuelve inquietante.
Los radicales matan en la bestialidad natural de la ignorancia. Nosotros bostezamos sobre el culmen de una supuesta superioridad moral, adquirida mediante el esfuerzo intelectual de mil generaciones. No sé que es peor.
