Los euroescépticos no son solo unos aguafiestas, como se ha dicho en alguna parte, sino, además, voces del pasado que tratan de sobrevivir a las exigencias de los tiempos.

Geert Wilders, holandés, uno de los grandes líderes defensores del antieuropeísmo, acaba de afirmar: “Europa no existe”. Es cierto, no existe formalmente, cartográficamente, sobre el mapa y, por ese camino, tampoco en el sentimiento de adscripción o pertenencia a una tierra común.

Muchas vicisitudes históricas ha superado esta vieja tierra de las fronteras artificiales que, desde la caída del imperio romano, cuartearon y enfrentan entre sí. De aquellos trozos surgió la Europa “patriótica” y, consecuentemente bélica, que tenemos la obligación de superar. Superar no quiere decir ignorar en su entrañable diversidad. Al contrario, el olvido es tan nefasto como la negación de lo real. Y la realidad es que Europa tiene un alma común, una moral homologable entre sí, algo que si se mira con objetividad y sin prejuicio resulta palmario.

El soplo primitivo, fundador  de Europa, fue el cristianismo. También su esencia cultural. El gran Kurcio Malaparte define a Europa como una Madre que dio a luz otros pueblos y hoy, vieja y marchita, es incapaz de sostenerse ella misma.

Efectivamente, la Europa actual es un mosaico atravesada por el mal del subjetivismo egoísta y patriotero. La patria es, sobre todo, una emoción que debe mantenerse lejos del fusil y la trinchera. Un destacado patriota español decía que, cuando se ofende la dignidad de la patria, no hay más dialéctica admisible que la de los puños o las pistolas. No sé con exactitud donde anida la dignidad de la patria; sé que la de la persona es mayor, incuestionablemente mayor, que la atribuida a la patria. 

Han pasado mucho siglos sobre la vieja piel de esta Europa que salió de sí misma para predicar a Jesucristo como Camino, Verdad y Vida; quiera Él que el futuro vuelva a traernos la antigua vocación en la unidad.