Hoy toda la Iglesia celebra la Ascensión de Jesús a los cielos. Tras su paso por esta tierra, Jesús subió a los cielos –como decimos en el Credo- y está sentado a la diestra del Padre, es decir: el Señor vive en la plenitud de la gloria junto al Padre.
Es la meta de su obra; es la consecuencia lógica de la Resurrección. Una vez realizado el plan de salvación de la humanidad, Jesús vuelve al Padre, para enviarnos desde allí al Defensor, al Espíritu Santo. Pero, ojo: desde la Ascensión, ¡el Señor no ha desaparecido! Está con nosotros de una manera diferente, nueva, aunque escondida. “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. No nos ha dejado desamparados -ya nos lo decía el domingo pasado-. Ahora está junto a nosotros en su Iglesia, en los sacramentos, en su Palabra, en los hermanos, especialmente en los más pobres, y de una manera especialísima en la Eucaristía. Nuestra tarea de cristianos será poner por obra las palabras de Jesús que escuchamos hoy en el Evangelio: “id y haced discípulos de todos los pueblos”. La Ascensión de Cristo no debe dejarnos “plantados mirando al cielo”, y evadirnos de la vida diaria, sino todo lo contrario: como seguidores suyos, podemos dar a conocer las maravillas de Dios con nuestro testimonio cristiano.
¡Feliz domingo!
