Resulta difícil entender la decisión de Bruselas que, de facto, legaliza los negocios de prostitución y drogas a fin de que sus beneficiarios paguen impuestos en las respectivas haciendas nacionales.

Según cálculos más o menos aproximados, ambas actividades reportarían importantes cantidades de dinero a las arcas de los estados nacionales. Un montón de dinero para los fiscos de esta Europa vieja y egoísta que enseñó a rezar a medio mundo y ahora es incapaz de deslindar lo moralmente aceptable de lo aberrante.

La prostitución es el más viejo de los negocios y también la más antigua de las esclavitudes; en ella, alguien se apodera de la voluntad de otro mediante el pago de determinada cantidad establecida por un tercero. Una especie de mercado parecido al que acostumbraban los antiguos mercaderes de ganado. La prostitución es una forma de posesión de la intimidad de alguien al que se convierte en mercancía. Cuando este negocio se planifica, regula y barema atenta contra lo más sagrado del ser humano, su mismidad, su persona.

En cuanto a las drogas apenas quedan adjetivos para pormenorizarlas. Sobre ellas se ha dicho todo. La actual clasificación entre duras y blandas no es otra cosa más que un artificio hipócrita establecido para semilegalizarlas y reducir los gastos que origina su persecución.

En este occidente nuestro áspero y materialista nada es lo que se desea o lo que se supone; todo depende de la extensión de sus beneficios.

Hay un grito, más o menos consciente, en el alma de millones de personas que pugna por volver al punto de partida, al tiempo anterior a la soberbia demoníaca de la autodivinización.

Aquel poeta de primeros del siglo pasado, Joaquin María Baltrina, tuvo una intuición. Los poetas tienen una especie de sexto sentido. Cuando la petulancia humana ha llegado al cenit de su estupidez, escribió unos versos inolvidables y, por desgracia, poco recordados:

“Todo lo sé; del mundo los arcanos ya no son para mí lo que llama misterios sobrehumanos el vulgo baladí. Solo la ciencia a mi ansiedad responde y por la ciencia sé que no existe ese Dios todopoderoso que siempre oculta el último por qué. Mas ¡ay! que cuando satisfecho, todo, todo lo sé, siento aquí en mi interior, dentro del pecho, un algo, un no sé qué!"

Hay un cansancio ambiental que se apodera progresivamente de nosotros y nuestros hijos. Somos dioses de cartón-piedra que cerramos las puertas del cielo a los que se empeñan en buscarlas. ¿Hasta cuándo?