La llegada masiva de inmigrantes a España nos deja ante un conflicto moral de difícil solución. Es evidente que el resto de Europa no quiere implicarse y guarda silencio. Estamos solos.
Las naciones pasan por momentos que algunos pensadores suelen denominar “históricos”. Es decir, situaciones inéditas con características difícilmente repetibles. Éste es uno de ellos. Los políticos que, como la inmensa mayoría de los seres humanos, tienden a repetir esquemas, aprovechan la oportunidad para resaltar las bondades de sus respectivas ideologías partidarias y pormenorizar las miserias de los otros.
Ocurre que la inmensa mayoría social vive al margen de todas las tendencias; vota por difusas simpatías pero desconoce las ofertas reales y programas de unos y otros. Ahora, insisto, la ocasión es distinta. Por eso, no valen las costumbres de siempre. El drama humano de la tan repetidamente llamada frontera del sur vive la angustia de quienes simplemente quieren comer y dar de comer a sus hijos, además, claro, de salir del horror vigente en respectivos países.
Quizá convenga recordar que fuimos nosotros, los occidentales, quienes repartimos el suelo africano de manera arbitraria; o sea, impusimos fronteras artificiales según nuestros intereses coloniales sin tener en cuenta las peculiaridades étnicas y culturales de los nativos. Además, nos llevamos sus materias y, ya en el post-colonialismos, apoyamos a una serie de caudillos corrompidos, fáciles de manejar, que permitieran el continuado saqueo que, sin duda, aún continúa.
Bien, ahí está África con su pobreza y su ébola – enfermedad de oscurísimo origen- de donde procuramos apartarnos horrorizados. Solo los misioneros mantienen vivo, con ébola o sin él, el motor de su misión, su Fe. Son simplemente “los buenos pastores que no huyen ante el lobo”. Es necesaria una acción común, rápida y contundente en los mismos países de procedencia emigratoria para resolver un problema que clama a nuestras conciencias y amenaza a esta dormida Europa veraniega.
