El llamado “Estado Islámico” es una realidad sangrienta mentalmente situada en épocas premedievales difíciles de entender a luz de nuestra cultura contemporánea.
Una terrorífica muestra la ofrecieron nuestras televisiones hace varios días. Veíamos a un hombre arrodillado junto a otro, vestido de negro y con capucha de verdugo, a punto de degollarlo cuchillo en mano.
Las radios occidentales acaban de emitir el testimonio de una niña siria de nueve años a la que acababan de enseñar la forma de degollar a su muñeca; un ensayo para que sepa hacerlo, en vivo, el día de mañana.
Es la Yihad, descarnada y cruel, que irrumpe en los medios de comunicación occidentales y llega a unas gentes seguras de haber llegado a la cima del progreso sin necesidad de religiones ni Dios. “Yihad” que quiere decir “esfuerzo”; aquel deseo imperativo, superior a cualquier otro, de luchar contra todo lo que impida la gloria de Alá y su dominio sobre el mundo. Para lograrlo, vale cualquier procedimiento, la sangre y el fuego, o sea, la llamada guerra santa. Por eso, se persigue a los cristianos y a cualquier grupo humano cuyas creencias, o costumbres, sean contrarias o simplemente distintas a las del islam, incluso a las que siéndolo, no alcancen suficiente prioridad, arraigo y pureza día a día. En definitiva, el Islam radical o la muerte.
Suenan muchas alarmas. Una de ellas causa verdadero estupor. Alrededor de cuatrocientos jóvenes ingleses están ya en las filas del “Yihadismo”. El verdugo del capuchón, por ejemplo, era inglés.
Además, militan en las filas del radicalismo otros muchachos procedentes de ciudades europeas como Paris o Madrid.
¿Qué ocurre? ¿Los cimientos de esta civilización que enseñó al mundo la inviolabilidad de la persona humana no les dice nada a nuestros muchachos?
Este materialismo bostezante busca otros lugares que electricen el alma, que le de “chispa” a la vida. Nuestros jóvenes viven la vaciedad de una sociedad opulenta drogada por el hastío.
Nosotros predicamos que Dios, nuestro Dios, se ha hecho hombre y, por lo tanto, ha elevado al hombre a una categoría inimaginable. Pero hace dos siglos, más o menos, llegamos a creer que éramos dioses y quisimos reconstruir el mundo a nuestra imagen y semejanza. Dios, el que se da a conocer a través de su Hijo Jesús. no tiene alternativa. Sin Él nos damos de bruces con la Edad Media, con la verdadera esencia humana. Sin Él queda la ansiedad del vacío sin fondo o la barbarie.
