A menudo las personas enferman y mueren. Ante este hecho cotidiano, me pregunto ¿se puede vivir la muerte con una actitud positiva?
Creo sinceramente que sí es posible vivir la muerte de forma positiva con el bálsamo de la esperanza cristiana. Es más, algunas experiencias recientes y cercanas, por parte de algunas personas cristianas que han pasado por la etapa terrena final de uno de sus miembros, me lo muestra gozosamente.
Para muchas personas las enfermedades son una experiencia negativa y todavía más si éstas desembocan en el fallecimiento de un ser querido. En cambio, para otros, la enfermedad, la decrepitud y su desenlace final en la muerte física, supone una crisis de crecimiento con final feliz.
Este diverso modo de interpretar las experiencias depende, en el fondo, de las creencias individuales que se gestaron con los elementos culturales que configuran la manera de pensar, de sentir, los valores, las prioridades vitales, etc. y que constituyen la visión particular de cada cual. Por eso me parece tan importante fomentar la esperanza y, en concreto, la esperanza en la vida eterna, que nos impulsa a amar a los vivos, pero también a los difuntos, cuya vida no se ha esfumado y desaparecido en la nada sino que ha sido transformada en un nuevo modo de vida junto a Dios.
San Agustín, en sus escritos, nos anima a creer en la vida eterna, a darnos cuenta de que la muerte no es el final sino que nos reencontraremos con los que se fueron antes que nosotros. Lo expresó con las siguientes palabras: "Cuando llegue el día que Dios ha fijado y tu alma venga a este cielo en que te ha precedido la mía, volverás a encontrar mi corazón, volverás a verme transfigurado, feliz".
El auténtico testimonio cristiano de fe en la resurrección de los muertos nos conduce a la paz y a la felicidad por la esperanza del encuentro definitivo junto al Padre Dios, su Hijo Jesucristo y el Amor que los une y nos une, el Espíritu Santo.
