Giovanna Valls, hermana del primer ministro francés, acaba de sacar al mercado un libro que cabe llamar excepcional; narra con toda crudeza, sin escatimar situaciones, su particular infierno en el mundo de la droga. Se llama “Aferrada a la vida”. No es la primera vez que ese submundo sale a la actualidad pero, quizá, pocas veces ha llegado a la veracidad y realismo feroz de éste.

En la charca de la droga embrutecen sus sentidos miles de personas a fin de no claudicar al día a día de la existencia. Es que la modernidad ha creado una torre de babel en la que cada uno se empeña en encontrar el paraíso perdido que reclama el misterio de los recuerdos ancestrales, aquellos que están escritos en el interior de los cromosomas.

Se fue el paraíso y los humamos buscamos el camino de regreso, un camino vedado. Se han creado horizontes paralelos; cucañas brillantes en el cielo de las ilusiones individuales o colectivas. Los ideales tiritan de frío. Entonces ¿no hay nada? ¿Solo globos de colores? Cuando se desinflan solo queda cocaína. 

Jesucristo hizo una auto identificación que ha pasado a ser palabras, solo palabras, pero el Señor Jesús no frivolizó. Era Dios. Dios no dice palabras imprecisas o superfluas. Hay una que los cristianos hemos sacado pocas veces a la luz. Pocas, digo. “Yo soy el camino, afirma”. Si existieran otros lo hubiera dicho. Las últimas propuestas ideológicas se han proclamado como caminos paralelos o únicos. Eran falsos, simples evanescencias. Compañeros de la cocaína.

Dormir sin despertar. Dormir en plena juventud cuando todo a tu alrededor te pide acción. Dormir es negarse ante las puertas del futuro. El futuro es un espacio aterrador, inabarcable.

Jesús… Jesús es el camino. No un camino. “El camino”.