Nuestro granito de arena

En cada Misa, en el momento de las ofrendas, con el pan y el vino, también ponemos sobre el altar nuestra vida, con sus trabajos y sus fatigas, sus alegrías y dolores, y con lo que somos y tenemos. Ponemos sobre el altar lo que ha supuesto ese pequeño granito de arena nuestro, en bien de todos, porque entendemos que la vida y lo bueno que hay en cada uno de nosotros no es para guardárnoslo, sino paraponerloalservicio dela comunidad cristiana. De esto mismo nos habla hoy Jesús en el Evangelio que se proclama en la Eucaristía. En este domingo XXXIII escuchamos la conocida “parábola de los talentos”. Aquel hombre que se iba al extranjero les dejó unos “talentos” de plata a sus empleados, y cada uno de ellos les sacó partido menos uno, que escondió el suyo por miedo. La enseñanza de la parábola es muy clara para nosotros también: Dios nos ha dado unas cualidades, de acuerdo a nuestras posibilidades, para que las hagamos fructificar. No son nuestros méritos, sino su gracia y su misericordia la que hace que podamos sacarle partido y ponerlas a trabajar en bien de todos. No nos crucemos de brazos. La vida del cristiano nunca es un dormirse en los laureles o mirar para otro lado, contentándose de lo que ya uno es o puede hacer. El Señor anima a los que le siguen a poner su granito de arena para ir colaborando en el crecimiento del Reino de Dios entre nosotros. Lo que él nos ha dado gratuitamente no es para esconderlo, sino para que dé fruto, y que de ese fruto se puedan beneficiar todos. ¡Feliz semana!