En Madrid, un grupo de feministas universitarias ha decidido encerrarse en una iglesia para dedicar un tiempo a pensar, un ejercicio que, según ellas, no se practica en el ámbito de la fe. Coincide con una decisión de la Junta de Andalucía que reduce en más de la mitad el número de horas preceptivas de clases de Religión Católica en todo el espacio docente de la comunidad. Se supone, en el caso de las feministas, que fe y razón son antagónicos y en lo que respecta a la enseñanza andaluza, que el estudio del cristianismo es, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo. En definitiva, se trata de alejar a Dios, como concepto superado, del espacio del pensamiento y la modernidad.

Entre tanto, los cristianos celebramos la Pascua de Navidad. Conmemoramos el hecho único e inexplicable mediante lenguaje humano, de la llegada del Señor Jesús al mundo, Dios mismo viene a ocupar un lugar entre nosotros. El que llega –dice San Pablo- siendo igual a Dios, se despojó de su condición divina y se hizo siervo hasta la muerte, y muerte de cruz.

Es cierto que este hecho insólito se ha convertido, con el paso de los tiempos, en rutina consumista adobada de cancioncillas costumbristas y un no sé qué de luminosidad pagana y ruidosa.

Pero en el corazón de los creyentes hay Navidad. La Navidad que no se produce cada año a golpe de calendario sino que dura por encima de los artificios. Porque la fe no es la anulación del pensamiento sino un encuentro personal con el Señor Jesús, Aquel que no puede interpretarse a golpes de neuronas, como quieren las feministas, sino a suavidades de amor. ¿Quién puede encerrar el amor entre las veleidades del pensamiento? Dios es amor. Y el amor no se deja atrapar por las células cerebrales. Tampoco es antagonista de la razón y el pensamiento. De ninguna manera.

Separar a Dios del mundo, impedirle su acceso a las escuelas es un delito de lesa humanidad. Porque cada hombre, clama a Dios desde la infancia y sufre durante toda la vida su ausencia, hasta que lo encuentra en el milagro de la fe. Es así, aunque el propio hombre no lo sepa.

Porque, como dice Isaías: «Un Niño ha nacido, un Hijo se nos es ha dado y sobre sus hombros descansa el poder; se llamará su nombre Admirable, Consejero prudente, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz».