Lo más original de nuestra fe cristiana es saber con certeza que Dios nos busca. Antes de que ni se nos ocurriera amarle, Él ya nos amaba. Nos busca con paciencia inmensa y con ternura de Padre. El hecho mismo de que el Hijo de Dios se haya hecho hombre, tiene una explicación fácil de comprender: Dios nos busca por amor. Nuestra vida cristiana es eso: un camino de encuentro con Dios, que tendrá su culmen en la Vida Eterna, pero que preparamos poco a poco -como en un anticipo- cada vezque celebramos la Eucaristía. Y en ese camino que es la vida, Dios se nos adelanta, y a veces se “deja encontrar”. Es precisamente lo que nos cuenta el evangelio que se proclama hoy domingo, en la Misa. Es lo que les ocurrió a los primeros discípulos. “Serían las cuatro de la tarde” –recordaban hasta la hora de aquel encuentro con Jesús-. Aquellos dos primerosdiscípulos se encuentran con el Señor, y le preguntan “Maestro, ¿dónde vives?”. Y Jesús aprovecha esa “rendija”, esa pregunta sencilla, para invitar a aquellos dos a estar con Él y seguirle. De ahí en adelante, sus vidas cambiarán, y no sólo para ellos sino también para los que ellos conocen; se convertirán en “pescadores de hombres”. Pedro será la primera de las personas a las que Andrés “pescará”. La experiencia del encuentro con el Señor abre los ojos del corazón a una nueva manera de vivir, que llena la vida. Porque sólo Jesucristo puede llenar la vida y la existencia, como nada en el mundo puede hacerlo. Por eso, tengamos siempre claro que la fe empieza con esa experiencia del encuentro con Aquel que sabemos que nos ama tanto.
