El lunes asistí a la presentación de un libro. Sin libro. Ni hacía falta. Estamos asistiendo a la implantación de nuevos formatos literarios. Con papel y sin papel. Pero jamás había podido intuir un libro con más contenido y menos palabras. El libro de la vida americana del Padre Cacho –un soriano reciclado en Málaga- fue puesto sobre una mesa en la que, por otra parte, se presentaba su testimonio vital. Lo escrito en papel… ya nos llegará.
En un manifiesto lleno de emoción en el que desgranó retazos de su vida en Los Cerros -una Cruz Verde corregida y aumentada de Caracas- Cacho, nos planteó con sencillez su labor apostólica. Sin querer mezclaba sus recuerdos con su etapa de Málaga. Su método de evangelización no ha cambiado. Sin muchas palabras ni parafernalia pero incidiendo en el amor y la misericordia. Sin mucha teología pero con cercanía a unos feligreses cuyo deseo diario es continuar con vida y su meta es descerrajar de un tiro a los que les han precedido en la venganza. Menudo reto.
Cacho dice lo que piensa. Pero tiene muy pensado lo que dice. «En mi circunstancia presente el ser tan solo cura es una inutilidad»; «tengo que hacer muchas más cosas que sacramentalizar»; «no me voy a jubilar nunca; los curas no tenemos edad sino capacidad». Tantas ideas expuestas de una forma atropellada pero trascendente que llegaron a tocar los corazones de madres de familia a las que había administrado la Primera Comunión, de cofrades de la Crucifixión, de miembros del Teléfono de la Esperanza, de feligreses de Goretti y del Buen Pastor, de alumnos de los Maristas y de malagueños en general que nos habíamos reunido tras su convocatoria.
El acto acabó como acaban estas cosas. De una forma especial. Nos pidió permiso para rezar. Lo hizo con todos nosotros y nos despidió con una bendición en estéreo. La que nos impartieron él y uno de sus alumnos mejicanos –hoy sacerdote pasionista y párroco de Goretti- el padre Omar.
El padre Cacho. Un hijo de pastor que huele a oveja.
