Cada vez que entro a un templo cualquier domingo y me encuentro con una escasa asistencia, integrada casi por completo por personas mayores, me siento culpable de no haber sabido transmitir los valores de la comunidad a esta generación.

Sin embargo hay ocasiones en las que no tengo más remedio de manifestar mi alegría al encontrar parroquias que han conseguido encontrar los medios y el equilibrio necesario para sacar el máximo rendimiento de su comunidad.

Para ello tienen que coincidir varias circunstancias que no son comunes en todas ellas. En primer lugar contar con un templo acogedor. Esos espacios oscuros, llenos de imágenes y de incienso son muy indicados para la oración y el recogimiento, pero son muy poco útiles para una comunidad viva llena de familias, niños y mayores en un encuentro festivo. En segundo lugar se debe de tratar de una feligresía relativamente fija, que se vean en el templo y en la calle, que convivan en los colegios y en los comercios, que se conozcan. En tercer lugar deben contar con un pastor con sentido común, con una mano en el cielo y otra en el suelo, que deje trabajar a los seglares (que se fíe de ellos) y al que no le molesten los niños en las celebraciones (en las que participan activamente). En cuarto lugar unos espacios en la parroquia en los que se puedan reunir, rezar, merendar, jugar o estudiar.

En un viaje a Suiza encontré ya el sumun. Aquella parroquia contaba con un teatro, una cafetería, comedores y un refugio antiatómico. Eso ya es para nota. Pero volviendo a mi parroquia ideal, el pasado sábado, minutos antes de la tormenta del siglo, me topé con ella en … Cártama Estación.

De verdad que aquello si que fue una auténtica lluvia de ideas. Pude asistir a una Eucaristía a templo lleno, sin prisas pero con risas, con ceremonial y sencillez, con participación de personas de todos las edades, con canciones, pantallas con las letras, carritos de niño y familias. Familias completas. Una bendición de Dios. Gracias Paco González, Así se crea comunidad. Una comunidad viva.