Este es el sentimiento que me invade en estos días mientras observo cómo nos están amputando una parte de nuestra querida España.
Pena por esa mayoría silenciosa que observa como los políticos se pegan, insultan y dividen desde unos sentimientos personales y la ambición de pasar a la historia como adalides de las libertades.
Pena por ver a esa piel de toro a la que se le ha amputado el brazo izquierdo, mientras el resto de los miembros se aprestan al fraccionamiento y la destrucción total.
Pena por ese montón de niños, jóvenes y mayores que se han echado a la calle impulsados por una propaganda que no dice toda la verdad, lo que es una gran mentira.
Pena por ese montón de amigos catalanes que he atesorado a lo largo de mi vida en estrecha relación comercial con ellos, por esas tierras tan maravillosas que he aprendido a recorrer y amar, por esos productos de las mismas que ahora quedan tan lejos de nosotros como las naranjas de la China.
Pena por esa Iglesia con la he convivido, en especial por ese Monasterio de la Murtra en el que he pasado extraordinarios momentos de comunión y cercanía.
Pena en general por todos. Por aquellos que nos sentimos ciudadanos del mundo y hermanos de todos sin distinción de sexo, edad, condición, nacionalidad u origen. Parece ser que se han empeñado en poner paredes al campo y hacernos sentir extranjeros en nuestra propia tierra.
Menos mal que mis padres ya no están entre nosotros. Ellos vivieron situaciones similares y sufrirían muchísimo pensando en lo que se nos avecina.
Llevo una semana sin atender a los informativos; creo que no me ofrecen nada positivo. Solo odio y enemistad. ¡Qué pena!
