Hablar de la Iglesia es fácil. Intentar ser coherente con ella es muy difícil.

Especialmente en los tiempos que vivimos. Los que peinamos canas desde hace muchos años, pertenecemos a una generación en la que ser miembro de la misma y vivir la sacramentalización rutinaria era lo natural. Nos declarábamos “católicos, apostólicos y romanos” sin pestañear.

Llegó la transición y el cambio de chaquetas. Los ateos y anticlericales, con ideas de “toda la vida”, sacaron a relucir sus armas de rechazo y se pasó a estar mal visto sentirse y demostrar a los demás el ser cristiano comprometido. Siguieron las pompas y boatos pero disfrazados de cultura y tradición. Finalmente ahora, se tira a degüello.

Pero me preocupa más el “fuego amigo”. Con un Papa que pone en valor las verdades evangélicas, el verdadero sentido del mensaje de Jesús, que se centra en el cogollo y no se anda por las ramas, los defensores del reglamento sin amor y de la paja en el ojo ajeno andan revolucionados y diciendo tonterías a cual más grande.

Todo el mundo le quiere enmendar la plana al Papa Francisco porque dice verdades como puños. Quieren que solucione en un “pis-pas” los viejos vicios de una Iglesia que ha tapado desde siempre sus defectos. El capítulo cinco del Evangelio de Mateo nos da la clave de lo que está pasando. El que quiera lo puede entender. No hace falta ser teólogos.

Decía san Agustín que la Iglesia es “casta y meretriz”. A los que nos ha tocado defenderla públicamente durante muchos años con el rollo de Iglesia, nos ha sido preciso profundizar mucho en su análisis para mostrar el bello rostro de Jesús reflejado en su Iglesia. A mi, personalmente, me aclaró mucho las ideas el libro “La alternativa cristiana” de José María Castillo.

Creo que es cuestión de seguir mirando a la luna y no al dedo que la señala. Que los árboles no nos impidan ver el bosque.