Homilía de Mons. Jesús Catalá, durante el funeral de D. Manuel Ortiz, padre del Rvdo. D. Juan Manuel Ortiz Palomo

FUNERAL D. MANUEL ORTIZ PADRE DEL RVDO. D. JUAN-MANUEL ORTIZ PALOMO

(Parroquia San Sebastián - Antequera, 13 enero 2025)

Lecturas: Heb 1, 1-6; Sal 96, 1-2.6-9; Mc 1, 14-20.

(Tiempo Ordinario I - Lunes)

1.- La autorrevelación de Dios en el Hijo amado

La carta a Hebreos, que hemos escuchado, nos ha recordado que en muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios a los padres por los profetas (cf. Heb 1, 1).  Y «en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos» (Heb 1, 2).

Cristo es la revelación plena del Padre y «es reflejo de su gloria, impronta de su ser» (Heb 1, 3). «Él sostiene el universo con su palabra poderosa» (Heb 1, 3). Esta afirmación es importante para la fe cristiana y para esta celebración, porque todo debe ser centrado en Cristo.

Nuestra fe confiesa que el Hijo de Dios es la plenitud de la revelación divina y nos ha invitado a participar de ella.

2.- El Señor ha asociado a nuestro hermano Manuel a su Pascua

El Señor llamó junto a sí a nuestro hermano Manuel ayer, fiesta del Bautismo de Jesús en el Jordán, que hace referencia a su misterio pascual: muerte y resurrección. Jesús asume su muerte en el calvario y posteriormente resucita. Esta es la gran verdad que confesamos ahora, ante los restos mortales de nuestro hermano Manuel.

El Señor ha querido hacer partícipe de su Pascua definitiva a quien en el bautismo fue incorporado al misterio pascual de Cristo; los bautizados hemos sido incorporados en el bautismo a la muerte y resurrección del Señor; y ahora él ha sido llamado para recibir la plenitud del bautismo para gozar plenamente del misterio pascual: «Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de los muertos» (Col 2, 12).

La fuera del Espíritu de Jesús es capaz de transformar nuestro cuerpo mortal en cuerpo glorioso; es capaz de resucitar al ser humano que se incorporó a la muerte de Cristo en el bautismo y que ha vivido ya la muerte temporal o tránsito a la otra vida.

Esta es la fe de la Iglesia, queridos hermanos, que hacemos nuestra, profesando la resurrección de los muertos y la vida eterna. Ésta es una celebración festiva, aunque la hagamos con dolor por la partida de un ser querido y nuestro corazón sangre de sufrimiento.

Pero estamos celebrando la vida eterna. Y ésta es nuestra plegaria hoy por nuestro hermano Manuel, para que Dios lo lleve a participar de su gloria. Ésta es la gran victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte; victoria de la que hemos de gloriarnos en Cristo resucitado. Y decir a todo el mundo que la vida del ser humano no termina en este mundo.

3.- Adorar a único Dios

Además de confesar nuestra fe en la resurrección, el Salmo 96 nos ha invitado a adorar a Dios: «El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables» (Sal 96, 1); «los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria» (Sal 96, 6).

Todo ser humano es invitado a cantar las maravillas de Dios y adorarle con todo su corazón. De tal modo que quienes «adoran estatuas se sonrojan, los que ponen su orgullo en los ídolos» (Sal 96, 7).

La muerte de nuestro hermano nos debe hacer reflexionar sobre nuestra adoración al único Dios verdadero, en una sociedad paganizada, que adora otros ídolos. Ésta es una verdadera profesión de fe en la vida eterna y en la resurrección.

Y esto es lo que al final vale de toda nuestra vida. Los maestros espirituales se han dicho siempre que lo más importante es alcanzar la vida eterna.

Cuando introduce en el mundo al Primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios» (Heb 1, 6). Demos pues, hermanos, gracias a Dios por todo lo que recibimos de él; de modo especial el regalo de las personas. Querida familia, dad gracias a Dios por el regalo que Manuel ha sido para vosotros.

Y adoremos a Dios por su infinito amor hacia nosotros, que nos ha hecho partícipes de su vida divina. Y hoy le pedimos que conceda la plenitud de su amor y de su misericordia a nuestro hermano Manuel. Para el cristiano lo más importante es traspasar el umbral de la muerte temporal, manteniendo la fe y el amor a Dios.

4.- Necesidad de convertirnos y de aceptar a Jesucristo

El evangelista Marcos nos narra que después de que Juan Bautista fue entregado, Jesús marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios (cf. Mc 1, 14). Y decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15).

Es una llamada a la conversión y a la aceptación de Cristo en nuestra vida, que nos dirige hoy a cada uno de nosotros. Esta frase la escucharemos el Miércoles de Ceniza, cuando se nos imponga la ceniza en la cabeza.

Dios es lo más importante en la vida del ser humano; o, mejor dicho: “El más importante”. Y esta celebración nos debe ayudar a replantearnos la orientación de nuestra vida. ¿Hacia dónde miramos? ¿Dónde ponemos nuestro corazón? La muerte de un ser querido nos puede ayudar a profundizar en nuestra fe.

En cualquier momento nos puede llamar el Señor a la otra vida. Esta es otra enseñanza que aprendemos hoy; porque nuestro hermano Manuel ha sido llamado, de manera casi repentina, a presentarse ante Dios; solo han sido dos días de enfermedad. Y nadie podíamos imaginar la celeridad de este paso suyo a la vida eterna.

¡Que esta celebración litúrgica nos ayude a profundizar más en nuestra fe y en nuestro amor al Señor! ¡Que nos ayude a convertirnos a él y a reorientar nuestra vida hacia él!

Pedimos a la Santísima Virgen María que acompañe a nuestro hermano Manuel ante la presencia del Altísimo; y a nosotros nos ayude a vivir nuestro compromiso bautismal. Amén.