Carmen Bernabé

Carmen Bernabé participa en el curso bíblico del Centro Superior de Estudios Teológicos de este año, que comienza el 11 de marzo bajo el título «“El Señor se acordó de ella” (1 Sam 1, 19): La Historia de la Salvación con rostro de mujer». Doctora en Teología Bíblica, profesora de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto (1990-2024), ahora jubilada, fue directora de la Asociación Bíblica Española (2016-2024) y presidenta de la Asociación de Teólogas españolas (2008-2017), de la que es co-fundadora (1993). Forma parte del equipo de investigación en Orígenes del Cristianismo. También ha dedicado gran parte de su trabajo a la figura de María Magdalena, tema en el que centrará su aportación.

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En 2016 el papa Francisco elevó la celebración litúrgica de María Magdalena al rango de los demás apóstoles. ¿Ha sido su ser mujer lo que ha provocado que, siendo tan fundamental, la conozcamos relativamente poco?

La figura de María Magdalena es muy conocida popularmente, pero con una imagen muy distorsionada a lo largo de los tiempos. Se desconoce el personaje evangélico: discípula, testigo, enviada del Resucitado a anunciar; y, sin embargo, es muy popular y resistente al cambio la imagen de la prostituta arrepentida y perdonada, mezcla de otras figuras femeninas de los evangelios, como la mujer que unge los pies de Jesús en Lc 7, 36, y de la historia posterior, como María Egipciaca. Esta imagen ha sido objeto de “sermones”, películas, novelas… De la imagen de “prostituta arrepentida” se ha pasado, en la actualidad, a otra que también la invisibiliza: la de “amante o esposa de”.

El que los exégetas hayan sido varones, dentro de la mentalidad y cultura patriarcal, es una de las razones de este conocimiento escaso y tergiversado de su figura. Incluso un buen exégeta como Pierre Bonnard, al interpretar los relatos de la visita a la tumba en su comentario a Mateo, dice: «Los primeros testigos de la Resurrección son mujeres, sin que tenga importancia precisar quiénes son en concreto estas mujeres». Es inimaginable que dijera lo mismo al tratar de Pedro.

Los evangelios tampoco ayudan en exceso. ¿Había también cierta cancelación” hacia lo femenino que ha hecho llegar difusa su figura?

Los evangelios no son crónicas históricas, sino relatos teológicos con base en la historia, lo que requiere una interpretación no literalista, que tenga en cuenta el contexto donde se escribieron. Efectivamente, en los evangelios aparecen pocas veces las mujeres, incluida María Magdalena. Sin embargo, los lugares donde aparece son decisivos y es lo que no suele desarrollarse de forma suficiente, lo que prueba la importancia del lugar hermenéutico, es decir, contexto vital que guía la mirada, el interés y la decisión de lo que es o no es importante estudiar, dándole o quitándole visibilidad e importancia. Por ejemplo, Pierre Bonnard decía, aludiendo a las mujeres que aparecen en los evangelios, «En cuanto a los nombres de estas mujeres, la tradición manuscrita es tan poco segura que es más prudente no precisar nada». Esta opinión olvida que los nombres de las mujeres están recordados en forma de “listas” al igual que los de los varones. Cuando algunos varones y muchas mujeres han comenzado a estudiar detenidamente las menciones y los silencios, han sacado a luz aspectos y razones muy importantes.

Su aportación en este curso bíblico quiere profundizar en ella como origen del anuncio del Resucitado. ¿Cuál es la idea central que quiere desarrollar?

Los relatos de la visita a la tumba de las mujeres y la aparición de ángeles, o del mismo Resucitado, tienen una importancia fundamental que apenas ha sido puesta de manifiesto. Las mujeres, y María Magdalena en especial, en su actividad de duelo por Jesús, en los alrededores de la tumba, rememoran la vida vivida con Jesús, sus palabras, sus gestos… y tienen una experiencia religiosa extraordinaria que les da un “nuevo saber”: Jesús está con el Padre y el Sheol no ha podido retenerle. Dicho en categorías de su tradición cultural: Jesús ha resucitado. Algo que el pueblo esperaba para todos y para el final, ya ha sucedido en Jesús. Él ha inaugurado la época decisiva, está en el ámbito de Dios. Y este “saber nuevo” lo comunican al resto de discípulos, quienes harán también la experiencia de “ver” a Jesús resucitado. Esa comunicación de las mujeres es el inicio del kerigma de la Iglesia, de su núcleo de fe, que formulará cómo Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos. Sin embargo, este hecho ha sido “invisibilizado” y no se han subrayado suficientemente sus consecuencias.

La difusión del cristianismo y su conformación como sistema religioso separado del judaísmo fue asunto de varones y mujeres

¿Qué podemos saber o deducir de su importancia en las primeras comunidades?

María Magdalena fue una de las discípulas del grupo más estrecho de Jesús, testigo de su enseñanza y vida en Galilea; subió con él a Jerusalén y fue testigo de lo que allí aconteció. Testigo de su crucifixión y de la suerte del cuerpo muerto de Jesús, haciendo duelo en el entorno donde lo habían puesto, tuvo una experiencia religiosa extraordinaria en la que el mismo Resucitado le reveló, le hizo saber, su nueva realidad resucitada, junto al Padre, y la envió a anunciar esto a los demás discípulos. De ahí, su autoridad apostólica en las primeras comunidades.

Esa autoridad aparece recordada y reivindicada en otros escritos extracanónicos, donde es invocada para apoyar la interpretación que hacían ciertos grupos de creyentes sobre la forma de actualizar y hacer relevante la enseñanza de Jesús; por ejemplo, el lugar, funciones y autoridad de las mujeres en las comunidades. María Magdalena es puesta como ejemplo de autoridad. Ese mismo uso de su memoria por ciertos grupos, a veces en disputa con la memoria de Pedro que otros grupos utilizaban, habla de la importancia y autoridad que tuvo en las primeras comunidades.

¿Puede su conocimiento influir en el papel de la mujer dentro de las comunidades actuales?

Lo ha hecho a lo largo de todos los siglos. Las mujeres han acudido a su ejemplo y autoridad para apoyar la exigencia de una mayor participación y autoridad de las mujeres en la Iglesia. Por ejemplo, lo hace Christine de Pizán una escritora italiana (1364), en su obra La ciudad de las Damas

Hoy en día, muchos grupos de mujeres creyentes y las mismas teólogas feministas la consideran “patrona”, o mejor "matrona”, y “hermana mayor” en ese camino hacia la igualdad de varones y mujeres en la comunidad. Su fiesta, el 22 de julio, es celebrada, recordando su vida y su autoridad.

¿Cómo nos animaría a profundizar en ella con la Biblia en la mano?

Hay que leer los lugares de los cuatro evangelios donde aparece, junto a sus compañeras o sola. Caer en la cuenta de que aparece solamente en lo que se conoce como relato de la Pasión, que es el relato seguido más antiguo, cuya composición se sitúa en Jerusalén hacía el año 40. Por tanto, no ha cambiado la generación y los primeros testigos aún no han muerto. Esto hace muy valioso el testimonio.

Hay que leer cuidadosamente los rasgos con los que la/s presentan y cómo dan a conocer, de forma indirecta que, aunque no han hablado de ella al comienzo, estaba allí. Marcos, Mateo y Lucas dicen que le habían seguido y servido desde que estaba en Galilea… Y Lucas lo dice expresamente (Lc 8,1-3). Hay que darse cuenta de los rasgos con los que es presentada, las diferencias entre los evangelistas: lo que dicen y lo que no, y los cambios que introducen y preguntarse por las razones que pueden ser literarias, teológicas y contextuales.

Después de esa lectura atenta, no estaría de más leer algún estudio que hable de la María Magdalena evangélica, no la de la leyenda dorada que se difundió en la Edad Media y ha llenado la imaginación, los libros y las novelas desde entonces.

¿Hay en el Nuevo Testamento mujeres con rasgos de liderazgo en comunidades? ¿Qué nos enseñan para una Iglesia que camina hacia una mayor sinodalidad?

En el Nuevo Testamento, además de las discípulas de Jesús, se menciona a otras muchas mujeres que permiten ver que en las primeras comunidades, había mujeres con autoridad, con capacidad de decisión, liderazgo de las comunidades, enseñanza, etc. Podemos ver que la difusión del cristianismo y su conformación como sistema religioso separado del judaísmo fue asunto de varones y mujeres.

Es un buen ejercicio leer las cartas de Pablo y, en concreto, Romanos 16, donde se nombra un alto número de mujeres, a las que Pablo menciona como líderes de las iglesias, las que reciben los saludos para trasmitir a toda la comunidad y su importancia para el movimiento (Febe, Prisca, Junia, María, Trifena y Trifosa, etc., o la importancia de Lidia; algunas casadas, otras viudas, de otras no se dice nada. Algunas son “patronas” de la comunidad y con un papel de liderazgo en la organización; otras son “apóstoles”, enviadas por la experiencia del Resucitado y la comunidad a llevar el evangelio y formar otras comunidades; otras son maestras, etc.).

Sobre el diaconado femenino, ¿qué argumentos bíblicos pueden aportar al actual estado de la cuestión?

La configuración de los ministerios fue un proceso largo, complejo que no se hizo de la misma forma ni al mismo tiempo en todos los lugares; fruto del proceso de discernimiento de las comunidades, ayudadas por el Espíritu, que tuvieron que hacer en las nuevas circunstancias y problemas con los que se iban encontrando, puesto que Jesús no pensó en fundar una nueva religión sino en renovar el judaísmo y, por lo tanto, no dejó instrucciones para organizar la Iglesia.

Tanto el término ministerio como el de diakonía significan servicio. Al principio esos servicios prestados en la comunidad eran variados, funcionales, cambiantes… Con el paso del tiempo pasaron a ser más organizados y estructurados pero en los momentos iniciales, incluso sus nombres y sus funciones, aparecen más mezcladas, menos fijos y claros. Las Pastorales (1-2 Timoteo y la Carta a Tito) describen las características de las personas que tienen ciertos ministerios, por ejemplo, de los diáconos, tanto varones como mujeres (1 Tm 3,8-13; 2 Tm 4,5). Como el término alude también a mujeres, se ha discutido si, en realidad, eran las esposas de los diáconos; sin embargo, la opinión de que ellas son diáconos es ampliamente compartida y parece ser la más adecuada, si se tienen en cuenta inscripciones posteriores. Por otra parte, la función de estos diáconos, varones y mujeres, coincide con los que se dice de los epískopoi o supervisores (1Tm 3,2; Tit 1,7). Los presbíteros aparecen con un papel aún más difuminado y múltiple y aún tardaría en llegar a cuajar la estructura Obispo-presbítero-diácono.

El problema actual del diaconado y las mujeres es que este ha llegado a ser un paso previo y necesario para el presbiterado. Ordenarlas diáconos parecería una forma de abrir el camino al presbiterado, que las mujeres tienen negado por razón del sexo. Se entiende así la discusión que existe sobre si el gesto de aquellas mujeres de los primeros siglos a las que se instituía como diáconas era una ordenación, con imposición de manos, o una simple bendición. Es algo que los patrólogos discuten.

Existen tres obras muy interesantes y útiles en castellano que aconsejo a quien quiera saber más sobre el tema: Serena Noceti (ed.), Diáconas. Un ministerio de la mujer en la Iglesia (Presencia Teológica, 256; Santander: Sal Terrae, 2017); Phylis Zagano, Sábado santo. Argumentos a favor de la restauración del diaconado femenino en la Iglesia católica (Aletheis 13; Estella: Verbo Divino, 2018), y Silvia Martínez- Carmen Soto (eds), Mujeres y diaconado. Sobre los ministerios en la Iglesia (Aletheia 15; Estella: Verbo Divino, 2019).