Este domingo 20 de marzo, las calles de nuestros barrios y pueblos se llenarán de las ramas de olivo y las palmas con que los cristianos recordamos la entrada de Jesús en Jerusalén.

La Semana Santa dota de sentido la vida del cristiano

La procesión del Domingo de Ramos abre litúrgicamente un tiempo que es esencial en nuestra vida de fe y que tendrá su punto álgido en el Triduo Pascual. No se trata sólo de un recordatorio, de mantener viva en nuestra memoria la huella de Jesús de Nazaret.

La realidad es que, en estos días de Semana Santa, los acontecimientos que convulsionaron Palestina vuelven a hacerse reales, patentes, no sólo a través de la religiosidad popular, catequizadora también hoy, sino en cada comunidad de cristianos que acepta vivir con Cristo el camino hacia el Calvario, para morir al “hombre viejo” y resucitar con Él a la nueva vida.

En esta Semana Santa, vuelven a repetirse los días más importantes para el cristiano. La Vigilia Pascual es la celebración principal de todo el año y la cumbre del Tríduo Pascual. Son los días de la muerte, la sepultura y la resurrección del Señor: el viernes, el sábado, el domingo santos, introducidos por el jueves por la tarde.

Ya los primeros cristianos vivían con fascinación el Misterio de la muerte y resurrección del Señor, redentor de la humanidad. Por este motivo decidieron reunir ese momento único en una celebración que actualizara de algún modo los últimos momentos de la vida de Cristo y su paso a la Vida eterna.

Así lo hicieron, siguiendo las enseñanzas del Maestro.

Francisco García Mota, deán de la Catedral de Málaga, explica el origen de la fiesta Pascual en un folleto editado con motivo de este 2005, Año de la Eucaristía. En él nos explica que, ya en el siglo II, el pueblo cristiano reservaba un domingo particular para celebrar la Pascua, y que preparaba ese momento mediante la oración y el ayuno. Cuando se centra la Iniciación cristiana en la noche de la Pascua, se convierte esta fiesta en esencial para los cristianos, y con el tiempo, se desarrolla un período de instrucción catequética, moral y espiritual pensada especialmente para los catecúmenos.

“Cuando, tiempo después, el Jueves Santo se convirtió en el día fijado para la reconciliación de los penitentes, toda la comunidad cristiana asumió el tiempo cuaresmal como tiempo de renovación a través del ayuno y la oración”, dice García Mota.

El jueves santo nos reunimos en los Santos Oficios para recordar la despedida de Jesús. En esa cena que comparte con sus amigos, el Señor les habla del camino que aún debe andar, y les deja dos signos que no sabrán comprender en ese momento. Uno de ellos es el lavatorio de los pies, símbolo del servicio y del amor fraterno que, como hermanos, deben profesarse. El otro es la Eucaristía, el “partir el pan”, del que el Santo Padre expresa la necesidad de “fomentar, tanto en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real de Cristo.(...) La presencia de Jesús en el tabernáculo ha de ser como un polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas de Él, capaces de estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su corazón” (Mane Nobiscum 18).

El Viernes Santo, la mirada del cristiano se posa en la cruz, símbolo del fracaso para muchos, trono de la redención para nosotros, único camino a la vida verdadera.

Tras la espera silente del Sábado Santo, el amor de Dios se manifiesta en toda su magnitud en la Noche de Pascua y el Domingo de Resurrección. Después del banquete de la Redención, los discípulos de Emaús “se levantaron al momento” para anunciar lo que habían visto. ¿Qué haremos nosotros después de estos días de Pascua?