Un estudio reciente sobre los universitarios españoles, realizado por la Fundación BBVA, ha desatado las alarmas.

¿Son así los universitarios?

Algunos autores, nada afines a la Iglesia, ponen de relieve que el 52,4 % se declaran nada religiosos y que el 59,5 % sólo asisten a ceremonias religiosas con ocasión de comuniones, bodas y bautizos. Otros analistas han puesto su atención en que se inclinan al centro en asuntos políticos.

La felicidad

La periodista Julia Navarro se ha manifestado muy crítica, en un artículo publicado el La Opinión de Málaga, y afirma que “nuestros jóvenes vienen creciendo en el todo vale, en que no hay límites, en que el objetivo último del ser humano es ser feliz y pasarlo lo mejor posible”, y que “los jóvenes de hoy son bastante más manipulables de lo que deberían ser, precisamente por esa falta de valores y de principios que no hemos sabido transmitirles”.

Hay que preguntarse si estas afirmaciones tan severas están fundadas o son fruto de esa tendencia inveterada que tienen los mayores a criticar a los jóvenes.

De lo que no cabe duda es que no hemos sabido encontrar cauces que nos permitan salir al encuentro de los jóvenes. Y no sólo la Iglesia, sino tampoco los padres, los partidos, los sindicatos y otras asoc iaciones ciudadanas, pues resulta evidente que el interés de los jóvenes por la política es todavía menor.

Valores

Es natural que los jóvenes sean diferentes, y tienen la ventaja añadida de que ellos son el futuro. Tienen todo el derecho del mundo a configurar ese futuro de acuerdo con su saber y sus preferencias. Lo preocupante, en la medida en que ello sea exacto, es la falta de valores. Ciertamente hay que felicitarse por su valoración de la familia y por su apego a la misma, pero muchos se preguntan si no es un apego basado en el egoísmo.

En este sentido, el águila ofrece un excelente testimonio a los padres. Cuando ha comprobado que sus crías pueden volar por sí mismas, deja de traerles alimento al nido. Al principio, los aguiluchos chil lan de forma desesperada, hasta que se convencen de que los padres se mantienen en sus trece.

Entonces, forzados por la necesidad, se lanzan fuera del nido. Y es cuando los padres se sitúan cerca de ellos otra vez para ayudarles a dar los primeros pasos en busca de alimento.