Cada año por estas fechas, los diversos grupos parroquiales y los movimientos apostólicos suelen revisar lo que programaron en septiembre.
Qué se ha podido realizar, qué hay pendiente y cuáles son las causas de los logros y de las carencias.
Para trabajar con cierto rigor, hay que evitar dos extremos. Uno, fijarse sólo en lo positivo, olvidando las carencias; y el otro, centrar la atención en las deficiencias. No debemos olvidar la parábola de la oveja perdida, pero tampoco la de los obreros que pretenden arrancar la cizaña cuando la cosecha apenas ha germinado.
Si buscamos signos del Espíritu en nuestras comunidades y movimientos, desde la óptica del grano de mostaza, quizá el curso pastoral no resulte negativo. Aparte de que, en las cosas de Dios no es fácil hacer balances, porque lo esencial se juega a largo plazo en el corazón de las personas, hay motivos para la esperanza.
Para empezar, el trabajo oculto y abnegado de miles de voluntarios (catequistas, miembros de cáritas, componentes de pastoral de la salud y responsables de preparar la Liturgia, entre otros) constituye una forma espléndida de cultivar la viña del Señor. Por supuesto que todo se puede hacer mejor, pero no hay que culpabilizarse cuando no se ven los frutos. Jesucristo, que todo lo hizo bien, tampoco vio resultados llamativos a lo largo de los tres años de su vida pública.
Por otra parte, cuando ha pasado el tiempo de las primeras comuniones, con sus muchos defectos y carencias que no conviene olvidar, vemos que un porcentaje de niños y de padres sigue participando en la vida parroquial y, con frecuencia, se integran en los diversos grupos y servicios. Además, no es infrecuente que algunas parejas, cuando han recibido la atención cordial que nos enseña el Evangelio, se habitúen a volver por la parroquia después de bautizar a sus hijos o casarse por la Iglesia.
Pequeñas cosas, insignificantes como un grano de mostaza, pero ese es el estilo de Dios, a tenor de lo que hizo y enseñó Jesucristo.
