Las vacaciones escolares exigen a la familia revisar sus horarios y reorganizar la vida diaria, porque hay que hacerse cargo de los niños durante toda la jornada.
Muchas familias pueden recurrir a los abuelos. Siempre que éstos lo acepten con gusto y no les suponga una carga excesiva, es una oportunidad excelente para los niños y los abuelos. Porque éstos han vivido mucho, han acumulado una gran dosis de bondad, de paciencia y de ternura y tienen muchas historias que contar. Saben hacerse como niños, sin ceder en las cuestiones de fondo, y los niños lo advierten y disfrutan. Dicen los psicólogos que la cercanía de los abuelos es muy enriquecedora para la educación de los niños. Sobre todo, para su imaginación, para su afectividad y para adquirir una buena imagen de sí mismos.
Lo que está claro es que ni la televisión ni los videojuegos son buenas niñeras. Tampoco son los amigos ideales para pasar el tiempo. Tomados con moderación y con orden, constituyen una ayuda necesaria para el desarrollo de los niños, pero implican también graves riesgos por los contenidos, por la capacidad para crear dependencia, por fomentar la pasividad y porque pueden convertirse en un auténtico lavado de cerebro.
Para los padres, constituyen una excelente oportunidad para conocer mejor a sus hijos, para dialogar con ellos, para visitar juntos lugares interesantes y divertidos de los que tanto abundan en la provincia de Málaga y para rezar en familia. Como educadores natos que son, tienen que intentar conocer a fondo su carácter, ayudarles a fortalecer su voluntad y favorecer el desarrollo su imaginación.
Y aunque no hayan suspendido, no parece lo más conveniente que cierren sus libros y cuadernos hasta que llegue Septiembre. Además de procurar que se aficionen a la lectura y a escuchar música clásica, siempre se puede pedir a los profesores un consejo para acordar con ellos alguna actividad que pueda serles útil para el próximo curso escolar.
Porque las vacaciones escolares no son una pausa en el proceso educativo de los niños y los jóvenes, sino una etapa francamente interesante cuando los padres se toman en serio su misión de educadores y son conscientes de que, además de cuidar su cuerpo, tienen que alimentar el espíritu de sus hijos.
