El verano es una época diferente para todos los que tratan de vivir su fe de forma adulta. El clima general de descanso, las vacaciones de los niños, los desplazamientos y el calor son realidades con que se encuentra el cristiano medio a la hora de perseverar en la escucha de la Palabra, en la oración, en la práctica de los sacramentos e incluso en el ejercicio de la Caridad.
El descenso en la práctica religiosa durante el verano sería un síntoma de una fe vivida superficialmente, porque el hombre que se ha encontrado con Jesucristo ya no vive más para sí. Por lo tanto, en invierno y en verano, en el trabajo y en las vacaciones, en la salud y en la enfermedad, con calor o con frío, su vida sólo encuentra sentido en la íntima relación con Dios.
TIEMPO PROPICIO
El verano, por tanto, no sólo no tiene por qué ser una época de relajación de la práctica religiosa, sino un tiempo propicio para crecer en la fe, para profundizar en el diálogo con el Padre y en el servicio a los demás. Son muchos, por ejemplo, los turistas nacionales o extranjeros que se acercan en estos días a nuestras parroquias. Es tiempo para acogerlos, para interesarse por sus problemas y tratar de ayudarlos, para compartir con ellos momentos de convivencia, para integrarlos en la comunidad parroquial... Pensar que es mejor no molestar al que viene a pasar unos días entre nosotros es estimar en poco el bien que recibe la persona que se da a los demás, que reza o participa en los sacramentos en comunidad.
A la vuelta de las vacaciones, puede que esa persona no recuerde el nombre del chiringuito en el que comió aquel pescaíto, ni el de la playa en que se bañó y, sin embargo, reviva con gusto la alegría de haber llevado la comunión a un enfermo, o la paz que inundó su corazón en aquella Eucaristía.
Si somos nosotros los que cambiamos de residencia en vacaciones, podemos ofrecernos al párroco más cercano para lo que necesite. Cuando uno comparte la vida de fe con hermanos distintos a los acostumbrados, se produce el milagro de la comunión, de la catolicidad de la Iglesia, donde todos tenemos un mismo lenguaje, un mismo sentir.
VISITAR SANTUARIOS
También podemos visitar las iglesias o santuarios más importantes de la zona y realizar pequeñas peregrinaciones. Sin ir más lejos, en nuestra diócesis contamos con una gran riqueza en este aspecto. D. Francisco García Mota, deán de la Catedral, en la parte dedicada a Málaga del libro “Guía para visitar los Santuarios Marianos de Andalucía Oriental”, destaca los santuarios de la Virgen de la Victoria en la capital; Ntra. Sra. de la Paz, en Ronda; Ntra. Sra. de los Remedios, en Vélez-Málaga; Virgen de Flores, en Álora; Virgen de Gracia, en Archidona; Virgen de los Remedios, en Antequera y en Cártama; Ntra. Sra. de la Fuensanta, en Coín; Ntra. Sra. de la Victoria, en Melilla. Además, también recomienda las ermitas y santuarios de Alhaurín el Grande (Ntra. Sra. de Gracia), Ardales (Virgen de Villaverde), El Burgo (Ntra. Sra. de las Nieves), Cañete la Real (Ntra. Sra. de Cañosantos), Mijas (V. de la Peña), Nerja (Ntra. Sra. de las Angustias) y Ronda (Ntra. Sra. de la Cabeza). Sin duda, otro excelente plan veraniego: ponerse en camino, a los pies de la Virgen, mientras se conoce la espléndida geografía malagueña.
