La decisión de Benedicto XVI de autorizar la liturgia de la misa anterior a la reforma de 1970 ha despertado las alarmas. La mayoría de los comentaristas de prensa han centrado su atención en el uso del latín y en la forma de celebrar : de espaldas. Sin embargo, la cuestión es más profunda y eso explica que también católicos fieles y de buena voluntad se sientan inquietos.

Lo sorprendente es que los juicios más ácidos proceden de comentaristas de prensa que se declaran agnósticos y no van a Misa. Resulta sospechoso que les preocupe tanto un tema del que apenas saben nada y un documento que seguramente no han leído.

Para empezar, el Papa deja muy claro que se trata de una forma extraordinaria de celebrar la Santa Misa. Por consiguiente, hay que entender que no puede estar a merced de caprichos o preferencias personales.

No cabe duda de que algunos pueden cometer esta imprudencia y convertir lo que es un gesto de bondad en un arma ideológica. Por eso, el mismo Papa propone que dentro de tres años se estudien a fondo los resultados y las consecuencias.

Lo que el Papa ha pretendido es tender la mano al movimiento disidente basado en Monseñor Lefèbvre, para que se integren plenamente en la comunión eclesial. Y ha tomado esta decisión después de largas conversaciones con ellos. Sabe bien que corre riesgos, pero ha podido más su audacia y su corazón. Una actitud no muy diferente a la de quien se lanza al mar, con peligro grave de su vida, para salvar a otra persona. Hay que esperar que este gesto a favor de la comunión eclesial no se convierta en pretexto para ningún hijo fiel de la Iglesia.

El Papa no ha intentado poner el freno ni desautorizar al Vaticano II y sus magníficos logros, sino tender una mano. De momento parece ser que ha sido bien recibida por muchos seguidores de Monseñor Lefèbvre.