Cuaresma es un camino. Empieza con ceniza, signo de que la vida del hombre tiene un fin, y termina con agua de Bautismo, incorporados a la vida nueva de Jesucristo Resucitado.

Signos externos

Los signos externos nos ayudan a profundizar en lo que celebramos: la ceniza, hecha con las palmas y olivos del Domingo de Ramos del año anterior, nos habla de limitación “acuérdate de que eres polvo y has de volver al polvo”, se nos dirá al imponerla sobre nuestras cabezas.

El morado de las vestiduras sacerdotales y del ambón es un color de penitencia y austeridad, pero con una proyección: vivimos austeramente estos días, esperando el color blanco de la vestidura que se nos impuso en el Bautismo, signo de la vida nueva que habíamos recibido.

La ausencia de ornamentación en la Iglesia, rota sólo y suavemente con un pequeño adorno el Domingo IV, nos habla de la dureza del camino y nos abrirá a la gran alegría de la Vigilia Pascual, donde todo es luz, alegría, vida, porque Cristo ha resucitado.

Preparar la Cuaresma

Lo importante es cómo vivimos la Cuaresma. El plan personal, la celebración del Sacramento de la Reconciliación, la oración, el Via Crucis, el ayuno y las privaciones, que nos ayudan a compartir con los demás, nos prepararán a lo que es el fin de la Cuaresma y de la vida cristiana: vivir gozosamente el encuentro con Jesucristo, que ha resucitado; renovar nuestras promesas bautismales, y vivir la gran alegría de ser hijos de Dios, porque Jesucristo ha resucitado.