Un instituto cualquiera de nuestra provincia. Unos 120 chicos y chicas de 16 años reciben una charla sobre los problemas que les puede acarrear el consumo de drogas. Finalizada la charla, rellenan un simple cuestionario anónimo con preguntas sobre su contacto con sustancias estupefacientes.

Los datos son, sin duda alarmantes: 70 de ellos son consumidores habituales de alcohol y hachís; ocho, de cocaína; y dos, de heroína.

Pero, frente a este grave problema, que afecta a la juventud de nuestra diócesis, surgen signos de esperanza con los que la Iglesia hace presente el Evangelio en nuestra sociedad.

En este tiempo de Adviento, tiempo de esperanza, nos acercamos a parte de la labor que la diócesis de Málaga realiza para prevenir la drogadicción entre los jóvenes.

José Antonio Fernández es el director del Secretariado Diocesano de Pastoral Penitenciaria. Él fue el encargado de recoger, hace unas semanas, la Medalla de Oro al Mérito Penitenciario, máxima distinción que otorga el Ministerio del Interior, en reconocimiento al trabajo desarrollado en la diócesis por un equipo de más de 70 voluntarios cristianos. Y es que la labor de la Iglesia de Málaga y Melilla en este ámbito está fuera de toda duda, hasta para el más laicista de los políticos.

Como reconoce Fernández, “la Iglesia le ahorra al Estado muchos millones de euros todos los años sólo en el ámbito penitenciario. Cada interno cuesta al Estado (a todos nosotros) nada menos que 80.000 euros al año, y la Iglesia acoge en sus centros en toda España a 2.200 reclusos en tercer grado o ex reclusos, lo que da una idea de lo que la Iglesia aporta a la sociedad, sólo en el ámbito penitenciario”.

“Pero la labor de la Pastoral Penitenciaria –reconoce– no se centra sólo en la atención durante y después de la cárcel, sino que se está volcando ahora más que nunca en el antes; es decir, en la prevención. Y es que, si tenemos en cuenta que el 80 por ciento de las personas privadas de libertad cumplen condena por motivos relacionados con la droga, entendemos que es ahí, en evitar que los jóvenes comiencen a consumir, donde tenemos que esforzarnos más. Porque, como repetimos a los chicos, el final de la droga siempre es la cárcel”.

Encuesta sobre la droga en institutos (Informa Pastoral Penitenciaria)

  • El 60 % consume habitualmente alcohol y hachís.
  • El 6 % consume habitualmente cocaína y el 2 % heroína.
  • El tabaco está estabilizado. Fuma el 50 % de los chicos.
  • La diferencia de datos entre institutos de zonas ricas y pobres es mínima.
  • Todos los que consumen terminan delinquiendo.
  • El consumo de drogas fuertes baja al 5 % en las chicas.
  • En el consumo de alcohol no hay diferencia entre sexos.
  • El acceso a la droga viene, principalmente, por los amigos.
  • Uno de los motivos principales para drogarse son los problemas familiares.
  • Los padres se dan cuenta del problema después de 2 años.
  • La madre es la primera que lo nota, pero ya es tarde.
  • Cuando la droga entra en un grupo, éste se disuelve en menos de 6 meses.
  • En ocasiones, el consumo se realiza junto a los padres.
  • La edad para empezar a consumir es de 13 a 15 años.
  • La mayoría piensa que se debería prohibir el consumo, incluso en privado.
  • Reconocen falta de información sobre los efectos de la droga.

El final de la droga siempre es la cárcel

Esta es la frase que más repiten los reclusos y ex reclusos que visitan los institutos de la diócesis dando charlas a los jóvenes junto a los miembros de Pastoral Penitenciaria.

“Desde el inicio de curso, señala el director de este Secretariado Diocesano, ya hemos visitado cinco institutos de la Axarquía y cuatro de la capital. Las charlas se ofertan a través del profesorado de Religión, aunque, en muchas ocasiones, dado el interés que las mismas suscitan, los directores reclaman que puedan asistir también los alumnos no matriculados en dicha materia.

Nosotros comenzamos presentándonos como parte de la Iglesia. Dejamos claro que somos cristianos y que vamos enviados por el Obispo. Por su parte, los reclusos que nos acompañan para dar su testimonio relatan cómo, para ellos, Cristo ha sido el amigo que nunca les ha fallado.

“El testimonio en primera persona de los que han pasado por la cárcel le llega mucho más a los jóvenes que cualquier otro discurso. Porque ellos empezaron a ‘tontear’ con las drogas casi por los mismos motivos y con la misma edad que los chicos que los escuchan. Los profesores se quedan impresionados de cómo somos capaces de mantener a más de 100 chicos sentados, sin moverse y callados durante las más de dos horas que dura la charla. Y es que el interés de los chicos es máximo y, cuando acabamos, muchos se acercan a consultarnos algún tema en privado, porque les cohíbe hacerlo en público. De estas charlas personalizadas sacamos grandes motivos de esperanza, porque son muchos los que manifiestan que están consumiendo y que, después de escucharnos, quieren salir de ese mundo”. Una forma más, ésta de prevenir la drogadicción, de ayudar a “tantos que necesitan tanto”.