Según un reciente estudio de Comisiones Obreras, en el mes de marzo cerca de 54.000 malagueños en paro no reciben ningún tipo de prestación social.
Alrededor de 60.000 parados, por su parte, reciben pensiones contributivas por desempleo, mientras que otros 30.000 perciben subsidios asistenciales una vez que se les acaba el paro.
En estas fechas en las que la Iglesia nos invita a contemplar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurreccion del Señor y a acompañar a nuestros hermanos que sufren, hemos invitado a un parado malagueño a compartir su experiencia con los lectores de DIÓCESIS. De esta manera, podremos entender mejor la difícil situación que se esconde tras las frías cifras que nos aportan los estudios sociológicos.
Miguel Ángel Calero es un joven delineante malagueño, padre de familia, con cuatro hijos pequeños. El mes pasado se le acabó la prestación por desempleo y este mes comienza a cobrar un subsidio de 427 euros al mes. La búsqueda de empleo sigue sin dar fruto y no hay muchas perspectivas de futuro en un sector como el de la arquitectura y la construcción, donde la crisis se ha cebado de manera especial.
En medio de este desierto, Miguel afirma no sentirse abandonado por Dios: “Es en medio de la soledad del desierto donde se ve más claramente la mano de Dios, que nunca nos ha abandonado. Como al pueblo de Israel, mi familia y yo experimentamos cómo Dios nos envía el maná y hemos aprendido a vivir el día a día, sin proyectarnos ni agobiarnos con el futuro. La situación no es ni mucho menos agradable, señala, pero en cierta medida está siendo una experiencia estupenda ver cómo Dios es nuestro Padre, nuestro verdadero Padre, y no el “dios” dinero quien saca adelante mi casa”.
En vísperas de la Semana Santa, Miguel señala que, en medio de esta cruz que le ha tocado vivir, “las tentaciones son muy fuertes: la tentación del pan (pensar que no vamos a tener qué comer), la tentación de la gloria (miedo a la humillación, a sentirse inútil para la sociedad) y la tentación de la historia (pensar que Dios se ha equivocado conmigo o que se ha olvidado de mí). La oración y los sacramentos me ayudan a vencerlas”.
“Todo este sufrimiento, continúa, yo lo ofrezco por los pobres que realmente no tienen nada de nada, o por los que están en la misma situación que yo pero además no pueden acudir a Dios pues no lo conocen. ¡Eso sí es pobreza! Es urgente dar de comer al hambriento, pero no menos urgente es darle también de comer la Palabra de Dios, pues no existe mayor sufrimiento que la cruz sin Cristo. Por eso pienso que, además de más justicia social, esta sociedad necesita conocer y apoyarse en Jesucristo, y éste muerto y resucitado”.
