¿Quién no recuerda a sus abuelos y a sus abuelas? Y con mucho cariño. Muchos de los padres de entre 30 y 40 años hemos vivido nuestra infancia con los abuelos, ya que eran parte de nuestra familia, vivíamos todos en la misma casa.
Con mucha paciencia nos enseñaron la tabla de multiplicar, antes de que nos la enseñaran en el colegio, nos explicaron problemas de matemáticas, rezaron con nosotros nuestras primeras oraciones y nos adoraban por el simple hecho de ser sus nietos. Ahora, nuestros padres se han convertido en los abuelos de nuestros hijos y seguro que queremos que tengan el mismo recuerdo cariñoso de ellos, o más.
Muchos de los abuelos actuales no sólo disfrutan de sus nietos, sino que los están criando y, debido a la crisis y a las rupturas matrimoniales, muchas familias se mantienen económicamente gracias a la paga del abuelo.
El papa Benedicto XVI recomendaba el año pasado que “los abuelos vuelvan a ser una presencia viva en la familia, en la Iglesia y en la sociedad”, y aseguró que desde su experiencia se puede enfrentar la crisis que atraviesa la familia, y podríamos decir que también la crisis económica que nos afecta. Un abuelo de nuestra ciudad nos lo explica.
Antonio Pérez, técnico contable de profesión estudió hace años Teología, en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, es miembro del Movimiento de Apostolado Familiar San Juan de Ávila, donde colabora, entre otras cosas, en una revista mensual que publican; y colabora con la Pastoral Penitenciaria, la Delegación de Misiones, la parroquia de la Purísima, el Consejo Pastoral Diocesano. Y con lo que más disfruta en la actualidad es con sus nietos, un regalo de Dios para ellos. Nos cuenta varias experiencias de abuelos.
Antonio tiene muchos amigos. Entre ellos, un matrimonio con más de 80 años, que está viviendo una situación familiar con la que muchos se sentirán identificados. Este amigo, al que llamaremos Jesús, tiene 4 hijos y 19 nietos. Uno de sus hijos se quedó sin trabajo hace unos meses y, desde entonces, la pensión de Jesús se ha convertido en el mayor sustento de esa familia.
A Jesús y su mujer le llueven las invitaciones para viajar y vivir la vida como nunca han podido hacer antes, pero ellos lo tienen claro, según Antonio, “prefieren olvidar este bienestar que le ofrecen porque el dinero que dan a sus hijos es, en muchas ocasiones, imprescindible para la comida de ese día”.
“La paga del abuelo se estira hoy día como un chicle”, bromea Antonio, “y quizás sea aún peor el próximo año, porque muchas personas que ahora perciben el desempleo terminarán de percibirlo dentro de unos meses y seguirán teniendo problemas para encontrar trabajo”, afirma.
“Jesús siempre ha repartido entre sus hijos parte del dinero que percibía, pero era en forma de regalos. En la actualidad esos regalos se han convertido en la ayuda necesaria para que la familia pueda poner la mesa todos los días. Esta historia real es un verdadero drama”.
Por más que se empeñe nuestra sociedad en decirnos qué es lo que vale y lo que no vale, ¿qué haría esta familia, y tantas otras en esta situación, sin sus mayores? Los abuelos son un regalo de Dios.
“Los que vienen detrás de nosotros, nuestros hijos, no van a ser ni padres ni abuelos”. Es una afirmación pronunciada por otro abuelo, al que vamos a llamar José, cuyos hijos se han separado.
Después de llevar años solos en casa, él y su esposa, se encuentran con que tienen de nuevo en casa una adolescente, su nieta de 10 años. La separación de sus padres ha supuesto para el la una experiencia tan dura que no encuentra auxilio más que en casa de sus abuelos. José afirma que sus hijos se están perdiendo la paternidad y se van a perder también la alegría de ser abuelos, por la ausencia de trato que están teniendo con sus hijos. Según José, “a esta sociedad la está sosteniendo el amor de los abuelos”.
