Los medios de comunicación han convertido la crónica negra en uno de sus puntales para elevar los índices de audiencia.

Casos de criminales sin escrúpulos, de asesinos múltiples o de delincuentes que burlan la justicia llenan millones de páginas de periódicos y de minutos de radio y televisión. Lo cierto es que los casos más graves y escandalosos desfiguran la realidad del mundo penitenciario.

Un mundo lleno de dolor y desesperanza, en el que el recluso se suele dar cuenta del daño que ha hecho, reflexiona y cambia su modo de pensar y de vivir. La prueba está en que el 70% de las personas que entran en prisión lo hacen por primera vez; sólo tres de cada diez son reincidentes. La Iglesia de Málaga realiza una amplia labor en este proceso de reinserción, un proceso en el que la familia juega un papel fundamental.

“Lo poco que tengo ahora vale más que lo mucho que he tenido”. Con esta frase resume Alejandro, un ex recluso que trabaja actualmente como voluntario para el Secretariado Diocesano de Pastoral Penitenciaria, la transformación que ha sufrido su vida desde que ingresara en prisión en 2002. Lo tenía “todo”: dos carreras, un puesto de trabajo de máximo nivel –con más de 15.000 euros de sueldo mensual–, viajes por todo el mundo, coches de lujo... Sin embargo, “la avaricia y la ambición me llevaron a buscar cada vez más. Perdí el contacto con mi familia, hice algunas malas amistades, empecé a consumir cocaína y a traficar con ella.

Cuando caí preso y pasé de dar vueltas al mundo a estar encerrado en una celda, cogí una depresión de caballo. Me refugié en la droga, porque pensaba que así pasarían los problemas, hasta que una religiosa me dijo: ‘te estás matando’ y me regaló una Biblia. En ella leí el capítulo 13 de Corintios, donde se dice que si no tienes amor no tienes nada, y entonces caí en la cuenta de que por mi culpa habría muerto mucha gente y se habrían destruido muchas familias.

Mi vida dio un giro de 180 grados y empecé a preocuparme por los demás, por mi familia y por mis compañeros. Un día recibí una llamada. Era mi hermana, y yo no podía parar de llorar porque creía que había perdido a mi familia. Pero no, estaban allí”.

Esta experiencia la cuenta Alejandro en una de las múltiples charlas que los voluntarios de Pastoral Penitenciaria dan en los institutos de la diócesis. “Siempre les digo a los chicos: ‘No caigáis en los mismos errores que yo. Apoyaos en vuestra familia, en vuestros padres. Ellos os van a ayudar. No les tengáis miedo, porque son los únicos que no os van a dejar tirados, son los mejores amigos’”. En ese momento de la entrevista, suena el móvil: –“¿Diga?... Hola mamá... Sí, estoy bien, estoy aquí hablando con un periodista...”. Mientras escucha a su madre, me mira y con un gesto me confirma: “¿ Ves? He recuperado a mi familia”.