Cuando nos preguntamos por qué Dios permite que ciertas personas hagan el mal, y que otros sufran las consecuencias, la mayoría de ocasiones terminamos por no saber qué contestar. El Evangelio de hoy viene a responder esa pregunta. El evangelista San Mateo nos presenta hoy a Jesús exponiéndonos la conocida parábola del trigo y la cizaña. La buena semilla y la cizaña, el bien y el mal, crecen juntos en nuestro mundo. ¿Por qué Dios no arranca ya el mal que nos impide ser felices. Precisamente porque Dios es paciente, y quiere dejar lugar a que el malvado se convierta y que vuelva al buen camino. Sólo al final será cuando Dios intervenga, aunque a cada uno de nosotros nos gustaría que esa intervención fuese hoy, ya, y rápidamente. Pero el Reino de Dios no funciona según nuestras maneras; los caminos de Dios no son nuestros caminos.
Él es infinitamente paciente, (más que los criados de la parábola) porque también es infinitamente justo, y en nuestra pobre cabeza humana no caben completamente sus designios, que abarcan toda la historia. Ese segador que es Dios siempre da una nueva oportunidad para cambiar. Por eso no se puede rechazar enteramente a ningún hermano, y por eso Dios no quiere eliminar la cizaña ahora, sino al final. En todos nosotros hay algo de trigo y algo de cizaña. Dios quiere esperar, porque sólo él es quien segará. Sólo él hará justicia.
¡Feliz domingo!
