A Jesús le encantaba explicar cómo es el Reino de Dios con el ejemplo de un gran banquete de bodas. Realmente, si pensamos en nuestra propia vida, no hay cosa que simbolice mejor la comunión mutua, la alegría, el compartir, la unión, como un banquete.

Jesús, que sabía bien esto, quiso aquel día explicarle a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo que el anuncio del Reino era como esa invitación que Dios nos hace al banquete de bodas. La invitación fue enviada a los que les correspondía, pero la desecharon. Y Dios entonces sale al encuentro de otros, por los caminos y las encrucijadas de la vida: los pobres, a los rechazados, a los enfermos, a los pecadores públicos. E incluso se pone a comer con ellos.

La meta de nuestra vida es como ese gran banquete: la comunión total con Dios, la alegría sin fin. Nuestra vida es un caminar hacia ese gran banquete. No es una invitación a no sabemos qué o a no sabemos dónde. Se trata de una invitación universal a todos los pueblos, a disfrutar de esa mesa con mayúsculas que es la Vida Eterna. Lo único que nos pide es que vayamos con el “traje de fiesta”; que acudamos preparados para la ocasión. Ese “traje” de hijos de Dios, con el que nos vistieron en nuestro Bautismo, puede que ande un poco sucio y estropeado. Que nuestra vida sea siempre según el Señor. Que sea vida al estilo de Jesús y que transparente el amor de Dios.

Feliz semana. Feliz domingo.