El 15 de septiembre, la Iglesia Universal nos invita a celebrar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, que “de pie junto a la cruz de Jesús, su Hijo, estuvo íntima y fielmente asociada a su pasión salvadora”.
Son muchas las advocaciones que a lo largo y ancho de la diócesis recuerdan los Dolores de la Virgen con diferentes denominaciones como Amargura, Angustias, Soledad... La imagen que ilustra este artículo corresponde a María Santísima de Dolores y Esperanza, cuya autoría es anónima, se atribuye a la segunda mitad del siglo XIX y es la titular de la Hermandad de Humildad y Paciencia de Málaga.
El programa de este día en "Palabras para la vida", en Canal Sur Radio, ha estado dedicado a esta fiesta. En él, Rafael Pérez Pallarés, sacerdote y delegado diocesano de Medios de Comunicación Social, recuerda que en este día celebramos que María comparte, al pie de la cruz, la compasión de su Hijo. «Lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo, sin embargo su discreción nos impide medir el abismo de su dolor. La hondura de esta aflicción queda solamente sugerida por el símbolo tradicional de las siete espadas. Tras la Resurrección, las lágrimas que derramó al pie de la cruz se transforman en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, en una alegría honda, permanente, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros».
Oración de consagración a María Santísima de Dolores y Esperanza
¡Oh bendita Madre de Dios y tierna Madre Mía!
A ti me dirijo, Virgen de corazón traspasado, Santísima Madre que nos llevas al encuentro con tu Hijo, Señor de la Humildad y Paciencia. Eres a la vez poderosa señora y madre de los pequeños, olvidados y miserables. Te confieso mediadora maternal de todas las gracias, corredentora en el dolor y la esperanza, madre compasiva de tus hijos devalidos.
Animado con esta confianza en tan bondadosa madre, reconociéndome pecador, lleno de miseria y necesitado de la gracia y misericordia que tú posees, me postro a tus pies, renuevo y ratifico hoy en tus manos las promesas de mi bautismo; renuncio para siempre a Satanás, a sus argucias y enredos.
Libremente me consagro a ti para que tú seas mi madre amantísima: vida, dulzura y esperanza, corazón de mi corazón. Sí, madre, hazme hijo tuyo a tu gusto, configúrame según tu Inmaculado Corazón. Te proclamo mi dueña, mi reina, mi señora, mi maestra y consejera. Serás de modo irrevocable la que me lleve al feliz encuentro con el Dios de mi vida.
Madre, haz que persevere en este amor santo que hoy me has inspirado. Necesito perderme y abandonarme confiadamente en Ti, sin condiciones e irrevocablemente. María, dame tu corazón, tan hermoso, tan pleno de amor y humildad que yo pueda recibir a Jesús en el Pan de Vida, amarle como tú le amas y servirle en el rostro angustiado de los pobres. Y que todo lo haga en Ti, María, Contigo, desde Ti, por Ti y para eterna alabanza de la Santísima Trinidad.

