Fray Manuel D. Lama en Getsemaní, ante las murallas de Jerusalén, en agosto de 2021

El franciscano Fray Manuel D. Lama, de Coria del Río (Sevilla), acaba de incorporarse a la comunidad franciscana del convento de San Francisco en Vélez-Málaga tras doce años en Tierra Santa, de la que ha tenido que salir por motivos de salud.

Los franciscanos custodian los Santos Lugares, preservan y animan la vida religiosa en esa tierra ahora en conflicto. ¿Cómo recibió usted ese destino hace más de una década?
Fue un destino pedido por mí y que se me concedió. Ninguno de nosotros es sacado de su país si no quiere. Yo deseaba estar allí. En este tiempo he estado en Nazaret, Beit Sahur, Belén y en Jerusalén, los últimos tres años.

Su orden también acompaña espiritualmente a los cristianos locales, muy minoritarios, y llevan a cabo tareas educativas y sociales para cristianos y musulmanes. ¿Cuál era su misión?
La tarea educativa de la Custodia allí es ingente. La cifra de alumnos en nuestros colegios es muy alta, y los niños cristianos y musulmanes conviven, juegan y estudian juntos. Es un pequeño signo de esperanza. Mi labor en este tiempo ha sido reforzar la presencia franciscana en los santuarios, además de acompañar como asistente espiritual a los grupos de peregrinos que llegaban desde Estados Unidos, Chile, Argentina, México para vivir su fe en los lugares más sagrados para un creyente… Eso me ha permitido ver la realidad de la Iglesia, esa catolicidad -que significa universalidad- viva y real. Cada uno con sus formas, sus costumbres, pero iguales.

Peregrinaciones que suponen un oxígeno vital para las comunidades locales.
Sí, no es Israel la que vive de las peregrinaciones, sino los cristianos de allí. Los principales lugares de peregrinación están habitados por cristianos palestinos, que subsisten gracias a los ingresos que estas les generan.

¿Cómo era la convivencia entre personas de distinta religión y cultura antes de octubre de 2023?
Los cristianos en Tierra Santa somos una reducida minoría: 380.000 frente a los nueve millones de judíos y los dos millones de musulmanes. Y no todos católicos. También hay ortodoxos y un número menor de protestantes. A veces, la convivencia era difícil por cuestiones puntuales. Viviendo allí te das cuenta de que el fenómeno de la desconfianza se está generalizando, sometidos a una autoridad que no siempre te permite hacer lo que precisas, moverte libremente o soportando una gran pobreza de medios. La convivencia era buena, pero sufría esas tensiones en momentos puntuales que la podían hacer saltar por los aires.

¿Cómo vivió el comienzo del enfrentamiento?
Yo estaba en el santuario de Betfagé, en el Monte de los Olivos, y mientras un grupo llegado de Polonia celebraba la Eucaristía allí, empecé a sentir las alarmas y salí a tiempo de ver en el cielo la estela de la bombas. Nada más terminar, los apremié a que se marcharan a Jerusalén y empecé a recibir en mi móvil vídeos y fotos de los ataques. A partir de ahí, cambió todo. El barrio donde estamos es fundamentalmente musulmán radical, e Israel se quedó sin peregrinos. Los cantos y las voces desaparecieron de las calles y los santuarios y solo se oían las alarmas. Entramos directamente en la nada, en la inseguridad absoluta. En las misas, la gente nos compartía su testimonio y eran verdaderamente impresionantes: personas que habían perdido a su familia, su casa, sin posibilidad de ir a los hospitales, padeciendo la falta de alimentos… Estas tragedias tan próximas nos marcaban profundamente porque no podíamos hacer nada. Solo confiar en la oración y esperar que el corazón del ser humano pueda cambiar.

¿Ha rezado mucho por quienes tienen el poder de parar esta guerra?
Muchísimo. Es tan absurda la guerra… Parece mentira que en el siglo XXI sigamos utilizando la violencia para obtener poder. La única fuerza ante eso para nosotros es la oración. Rezamos por ambas partes: las autoridades israelíes y palestinas, para que cambien, que no se dejen manipular por los violentos, que no sea la guerra el único medio para unir voluntades. Ahí cualquier cristiano puede ayudarnos. Los cristianos de Tierra Santa estamos ahora mismo como si Jesús estuviese en la cruz y nosotros, al pie de la cruz, lo contempláramos. Esa sería la imagen que mejor nos definiría.

¿Qué le ha regalado su fe en este tiempo para vivir y sembrar esperanza?
Saber que el Señor no nos deja, que el Señor camina con nosotros y que a veces el tiempo del hombre no coincide con el de Dios. Reconocer lo que hay en el corazón del ser humano, y darme cuenta de que aquí dispongo de todo, pero hay muchos que no disponen absolutamente de nada, ni siquiera de agua. Y por encima de todo, saber que en medio de la prueba está Dios. Para mí ha sido y sigue siendo lo más importante.