Imagen de Cristo Rey que preside el templo parroquial del mismo nombre en Ciudad Jardín

El último domingo del tiempo litúrgico, este año el 23 de noviembre, la Iglesia celebra la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Precisamente, este año se cumplen 100 desde que el Papa Pío XI, a través de la encíclica ‘Quas primas’, instituyera la celebración de esta fiesta.

Se quiere significar así que la vida cristiana tiene un fin, una meta, que vamos a un destino común, que no es otro que al encuentro con Cristo como Rey eterno.

Cada vez que rezamos el Padrenuestro, pedimos precisamente poder llegar a compartir con nuestros hermanos ese Reino de los Cielos, un Reino definitivo que lo será en plenitud pero que, no obstante, está ya presente entre nosotros de forma escondida. Y es que el Reino de Dios crece entre nosotros cuando alguien reina, no con el poder de los gobernantes, sino como lo hizo Jesús, desde la humildad y el amor. Cada vez que alguien pide perdón, cada vez que alguien perdona, Cristo reina.

En Málaga contamos con un arciprestazgo dedicado a Cristo Rey, una parroquia que comparte su dedicación con Nuestra Señora del Rosario y un colegio diocesano de la Fundación Victoria; todos ellos, en la zona de Ciudad Jardín.

Oración de San Juan XXIII a Cristo Rey

¡Salve, oh Cristo Rey!
Tú me invitas a luchar en tus batallas,
y no pierdo un minuto de tiempo.
Con el entusiasmo que me dan mis 20 años y tu gracia,
me inscribo animoso en las filas.

Me consagro a tu servicio, para la vida y para la muerte.
Tú me ofreces, como emblema, y como arma de guerra, tu cruz.
Con la diestra extendida sobre esta arma invencible
te doy palabra solemne y te juro con todo el ímpetu de mi amor juvenil
fidelidad absoluta hasta la muerte.

Así, de siervo que tú me creaste, tomo tu divisa,
me hago soldado, ciño tu espada, me llamo con orgullo Caballero de Cristo.
Dame corazón de soldado, ánimo de caballero, ¡oh Jesús!,
y estaré siempre contigo en las asperezas de la vida,
en los sacrificios, en las pruebas, en las luchas, contigo estaré en la victoria.

Y puesto que todavía no ha sonado para mí la señal de la lucha,
mientras estoy en las tiendas esperando mi hora,
adiéstrame con tus ejemplos luminosos a adquirir soltura,
a hacer las primeras pruebas con mis enemigos internos.
¡Son tantos, oh, Jesús, y tan implacables!

Hay uno especialmente que vale por todos:
feroz, astuto, lo tengo siempre encima,
afecta querer la paz y se ríe de mí en ella,
llega a pactar conmigo, me persigue incluso en mis buenas acciones.

Señor Jesús, Tú lo sabes, es el Amor Propio,
el espíritu de soberbia, de presunción, de vanidad;
que me pueda deshacer de él, de una vez para siempre,
o si esto es imposible, que al menos lo tenga sujeto,
de modo que yo, más libre en mis movimientos,
pueda incorporarme a los valientes que defienden en la brecha tu santa causa,
y cantar contigo el himno de la salvación.

Por san Juan XXIII. Diario del Alma.