Desde los orígenes de la Iglesia, los cristianos en su tarea misionera de anunciar a Jesucristo y de hacer nuevos cristianos, partieron de una doble convicción: por un lado, que la vida cristiana es obra de Dios, es decir, Dios tiene la primacía en la transformación interior de la persona y en su integración en la Iglesia. Por otro lado, que la Vida Nueva recibida por el bautismo supone un proceso de conversión que dura toda la vida, en la que el sujeto humano ha de poner en juego todas sus facultades como respuesta a la gracia recibida por parte de Dios. Esta doble convicción, en parte, es la que llevó a Tertuliano en el siglo II a afirmar que «los cristianos se hacen, no nacen».