Los evangelistas presentan a Jesús de Nazaret como un gran orante, que pasaba noches enteras en oración. Especialmente, cuando tenía que tomar una decisión grave. Además de los cuarenta días de preparación en el desierto, le vemos retirarse a orar en vísperas de elegir a Los Doce; cuando la multitud pretendía convertirle en rey, después de la multiplicación de los panes y los peces; antes de anunciar a los discípulos el drama de su detención y de su muerte, que vislumbraba próximo; y ante el miedo a la cruz, que le hizo sudar sangre.